Por Mauricio Álvarez Mora. *
Quisiera comenzar invitándoles a pensar en una
imagen que probablemente muchas personas comparten: la basura desaparece. Sale
de nuestras casas, de nuestras ciudades, y deja de existir en nuestra
cotidianidad.
Pero ese “desaparecer” es una ilusión. La mal llamada basura no desaparece. Se traslada o transforma o se concentra su contenido. Y casi siempre se traslada hacia los mismos lugares: territorios semi periféricos, comunidades vulnerabilizadas, espacios que el modelo ha decidido que son sacrificables o, mejor dicho, basurizables.
El documental Burning Injustice (2023),
que abrió este Cine Foro, sigue la lucha de comunidades latinas en Estados
Unidos contra una incineradora de basura en California. Y que estamos
comentando hoy justamente nos muestra eso: comunidades que resisten, que dicen
no a seguir siendo el destino final de un modelo de gestión que nos tiene camino
a la extinción. De un metabolismo que transforma materia rica en nutrientes o
en valor y que, por una lógica de privilegio del consumo y de las ganancias de
mercado, termina desechando enormes cantidades de recursos.
En Costa Rica, esto no es nuevo. Desde hace más
de siete décadas existe legislación sobre gestión de residuos. Ya en 1949 el
Código Sanitario hablaba de compostaje. En 1973, la Ley General de Salud
establecía con claridad que los residuos debían ser separados, tratados y
dispuestos sin generar contaminación.
Más recientemente, la Ley para la Gestión
Integral de Residuos, aprobada hace quince años, asigna responsabilidades
claras a las municipalidades y a todos los actores del ciclo productivo.
Es decir, leyes, políticas, estrategias… sobran. Entonces,
la pregunta es inevitable:
¿por qué estamos hoy al borde de una crisis en la gestión de residuos? La
respuesta no está en la falta de normas, sino en el modelo que se ha impuesto
en la práctica.
Durante décadas, Costa Rica ha apostado casi
exclusivamente por una solución: grandes rellenos sanitarios, operados por
empresas privadas y concentrados en ciertos territorios. Lugares como Río Azul,
La Carpio, El Huaso, Miramar… territorios que han sido convertidos en lo que se
conoce como territorios de sacrificio.
Espacios donde se acumulan los impactos
ambientales, donde la contaminación se normaliza y donde las comunidades cargan
con los costos de un sistema que beneficia a otros.
Esto tiene nombre: racismo ambiental.
Una lógica en la que los impactos negativos recaen desproporcionadamente sobre
comunidades empobrecidas o periféricas. Y frente a este modelo, las comunidades
han resistido.
Desde
los años 90 hasta hoy, han denunciado, se han organizado y han defendido
sus territorios. No es un dato menor que uno de los primeros- o el primer-
vehículo lanza-aguas utilizado en el país, con asesoría de carabineros de
Chile, se empleara en protestas contra la basurización en Esparza.
Algunas luchas se han ganado. Muchas otras no. Y
ahora, en medio de esta crisis, aparece nuevamente una vieja promesa: la
incineración. Pero no se presenta con ese nombre.
Se disfraza de “valorización energética”, de “gasificación”, de “tecnología
limpia”.
Se vende como una solución moderna, eficiente, casi mágica.
Pero hay que decirlo con claridad: la
incineración no resuelve el problema de fondo.
Lo que hace es transformarlo, trasladarlo y profundizarlo. Una vez que estas
infraestructuras entran en funcionamiento, como ha ocurrido con grandes
rellenos, se generan dependencias que dificultan avanzar hacia alternativas más
sostenibles.
Genera nuevas formas de contaminación, compromete
recursos públicos y consolida un modelo centralizado y corporativo de manejo de
residuos. En lugar de tratar los residuos, los nombra basura, no los trata los
necesita. En lugar de promover el rechazo, la reducción, la separación, el
reciclaje o el compostaje lo que hace es incentivar el desecho y el consumismo.
Y, sobre todo, mantiene intacta la lógica de
fondo: que algunos territorios sigan pagando el costo de los patrones de
consumo de otros.
En el último año, diversas organizaciones,
comunidades y espacios como el Programa Kioscos Socioambientales han impulsado foros
y encuentros para discutir esta problemática. Específicamente tres foros,
programa de radio y generar información el año pasado.
Y hay algo en lo que todos coinciden: lo que
estamos viviendo es una bomba de tiempo.
Una crisis ambiental, social y sanitaria en construcción. Porque seguimos
enterrando el problema. Y ahora también quieren quemarlo.
Mientras tanto, la rectoría institucional se
fragmenta, las responsabilidades se diluyen y, en muchos casos, las comunidades
que resisten son criminalizadas.
Justamente aquí, en Costa Rica, la
comunidad de Miramar -que tiene el triste récord de concentrar dos
megarrellenos y un tercero municipal abandonado, además de albergar la mina de
oro más grande del país- ha nombrado este proceso de convertir territorios en
zonas de sacrificio como basurización.
Entonces, ¿de qué hablamos cuando hablamos de
“des-basurización”? No hablamos solo de mejorar la recolección o de introducir
nuevas tecnologías. Hablamos de cambiar el modelo.
De dejar de pensar los residuos como algo que se
esconde o se elimina lejos, y empezar a asumirla como parte de un sistema que
debe transformarse.
Des-basurizar implica rechazar, reducir, separar
en origen, reciclar, compostar y valorizar localmente. Implica redistribuir
responsabilidades: que quienes producen más residuos asuman más
responsabilidad. Implica fortalecer lo público, la participación comunitaria y
la justicia ambiental.
Pero, sobre todo, implica algo más incómodo: meter
las manos en la mal llamada basura. Es decir, asumir que no hay
soluciones mágicas. Que no basta con discursos verdes o con el marketing de la
sostenibilidad. Que se requiere voluntad política, cambios estructurales y
decisiones que cuestionen intereses económicos muy concretos.
Las comunidades que vemos en el video ya lo
tienen claro. No están rechazando “el desarrollo”. Están cuestionando un modelo
de desarrollo que las convierte en zonas de sacrificio.
Y tal vez esa sea la clave: escuchar más a
quienes viven las consecuencias del sistema, y menos a quienes lo administran
desde lejos. Porque los residuos, al final, no es solo un problema técnico. Es
un problema político. Y también es una oportunidad: para repensar cómo
producimos, cómo consumimos y cómo habitamos nuestros territorios.
* Ponencia en cineforo “¿Qué
es la incineración y cómo afecta a nuestras comunidades?” realizado el 23 de abril en el auditorio de la Escuela
de Tecnologías en Salud de la Universidad de Costa Rica (UCR)

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