jueves, 23 de abril de 2026

Des-basuricemos los territorios


Por Mauricio Álvarez Mora. *

Quisiera comenzar invitándoles a pensar en una imagen que probablemente muchas personas comparten: la basura desaparece. Sale de nuestras casas, de nuestras ciudades, y deja de existir en nuestra cotidianidad.

Pero ese “desaparecer” es una ilusión. La mal llamada basura no desaparece. Se traslada o transforma o se concentra su contenido. Y casi siempre se traslada hacia los mismos lugares: territorios semi periféricos, comunidades vulnerabilizadas, espacios que el modelo ha decidido que son sacrificables o, mejor dicho, basurizables.

El  documental Burning Injustice (2023), que abrió este Cine Foro, sigue la lucha de comunidades latinas en Estados Unidos contra una incineradora de basura en California. Y que estamos comentando hoy justamente nos muestra eso: comunidades que resisten, que dicen no a seguir siendo el destino final de un modelo de gestión que nos tiene camino a la extinción. De un metabolismo que transforma materia rica en nutrientes o en valor y que, por una lógica de privilegio del consumo y de las ganancias de mercado, termina desechando enormes cantidades de recursos.

En Costa Rica, esto no es nuevo. Desde hace más de siete décadas existe legislación sobre gestión de residuos. Ya en 1949 el Código Sanitario hablaba de compostaje. En 1973, la Ley General de Salud establecía con claridad que los residuos debían ser separados, tratados y dispuestos sin generar contaminación.

Más recientemente, la Ley para la Gestión Integral de Residuos, aprobada hace quince años, asigna responsabilidades claras a las municipalidades y a todos los actores del ciclo productivo.

Es decir, leyes, políticas, estrategias… sobran. Entonces, la pregunta es inevitable:
¿por qué estamos hoy al borde de una crisis en la gestión de residuos? La respuesta no está en la falta de normas, sino en el modelo que se ha impuesto en la práctica.

Durante décadas, Costa Rica ha apostado casi exclusivamente por una solución: grandes rellenos sanitarios, operados por empresas privadas y concentrados en ciertos territorios. Lugares como Río Azul, La Carpio, El Huaso, Miramar… territorios que han sido convertidos en lo que se conoce como territorios de sacrificio.

Espacios donde se acumulan los impactos ambientales, donde la contaminación se normaliza y donde las comunidades cargan con los costos de un sistema que beneficia a otros.

Esto tiene nombre: racismo ambiental. Una lógica en la que los impactos negativos recaen desproporcionadamente sobre comunidades empobrecidas o periféricas. Y frente a este modelo, las comunidades han resistido.


Desde los años 90 hasta hoy, han denunciado, se han organizado y han defendido sus territorios. No es un dato menor que uno de los primeros- o el primer- vehículo lanza-aguas utilizado en el país, con asesoría de carabineros de Chile, se empleara en protestas contra la basurización en Esparza.

Algunas luchas se han ganado. Muchas otras no. Y ahora, en medio de esta crisis, aparece nuevamente una vieja promesa: la incineración. Pero no se presenta con ese nombre.
Se disfraza de “valorización energética”, de “gasificación”, de “tecnología limpia”.
Se vende como una solución moderna, eficiente, casi mágica.

Pero hay que decirlo con claridad: la incineración no resuelve el problema de fondo.
Lo que hace es transformarlo, trasladarlo y profundizarlo. Una vez que estas infraestructuras entran en funcionamiento, como ha ocurrido con grandes rellenos, se generan dependencias que dificultan avanzar hacia alternativas más sostenibles.

Genera nuevas formas de contaminación, compromete recursos públicos y consolida un modelo centralizado y corporativo de manejo de residuos. En lugar de tratar los residuos, los nombra basura, no los trata los necesita. En lugar de promover el rechazo, la reducción, la separación, el reciclaje o el compostaje lo que hace es incentivar el desecho y el consumismo.

Y, sobre todo, mantiene intacta la lógica de fondo: que algunos territorios sigan pagando el costo de los patrones de consumo de otros.

En el último año, diversas organizaciones, comunidades y espacios como el Programa Kioscos Socioambientales han impulsado foros y encuentros para discutir esta problemática. Específicamente tres foros, programa de radio y generar información el año pasado.

Y hay algo en lo que todos coinciden: lo que estamos viviendo es una bomba de tiempo.
Una crisis ambiental, social y sanitaria en construcción. Porque seguimos enterrando el problema. Y ahora también quieren quemarlo.

Mientras tanto, la rectoría institucional se fragmenta, las responsabilidades se diluyen y, en muchos casos, las comunidades que resisten son criminalizadas.

Justamente aquí, en Costa Rica, la comunidad de Miramar -que tiene el triste récord de concentrar dos megarrellenos y un tercero municipal abandonado, además de albergar la mina de oro más grande del país- ha nombrado este proceso de convertir territorios en zonas de sacrificio como basurización.

Entonces, ¿de qué hablamos cuando hablamos de “des-basurización”? No hablamos solo de mejorar la recolección o de introducir nuevas tecnologías. Hablamos de cambiar el modelo.

De dejar de pensar los residuos como algo que se esconde o se elimina lejos, y empezar a asumirla como parte de un sistema que debe transformarse.

Des-basurizar implica rechazar, reducir, separar en origen, reciclar, compostar y valorizar localmente. Implica redistribuir responsabilidades: que quienes producen más residuos asuman más responsabilidad. Implica fortalecer lo público, la participación comunitaria y la justicia ambiental.

Pero, sobre todo, implica algo más incómodo: meter las manos en la mal llamada basura. Es decir, asumir que no hay soluciones mágicas. Que no basta con discursos verdes o con el marketing de la sostenibilidad. Que se requiere voluntad política, cambios estructurales y decisiones que cuestionen intereses económicos muy concretos.

Las comunidades que vemos en el video ya lo tienen claro. No están rechazando “el desarrollo”. Están cuestionando un modelo de desarrollo que las convierte en zonas de sacrificio.

Y tal vez esa sea la clave: escuchar más a quienes viven las consecuencias del sistema, y menos a quienes lo administran desde lejos. Porque los residuos, al final, no es solo un problema técnico. Es un problema político. Y también es una oportunidad: para repensar cómo producimos, cómo consumimos y cómo habitamos nuestros territorios.

* Ponencia en cineforo “¿Qué es la incineración y cómo afecta a nuestras comunidades?” realizado  el 23 de abril en el auditorio de la Escuela de Tecnologías en Salud de la Universidad de Costa Rica (UCR)

 

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