Por Mauricio Álvarez Mora.
Han pasado diez años desde el asesinato de Jairo Mora Sandoval y su nombre continúa siendo un símbolo incómodo para Costa Rica. Incómodo porque recuerda que detrás de la imagen internacional de país verde existe también una historia marcada por la violencia contra quienes defienden la naturaleza.
Jairo no era simplemente un joven apasionado por las tortugas marinas. Era un defensor ambiental que comprendió, desde muy temprana edad, que proteger la vida silvestre también implicaba enfrentarse a estructuras de poder, economías ilegales y territorios abandonados por el Estado. Su asesinato en la playa de Moín, en 2013, no fue un hecho aislado ni una tragedia accidental: fue la expresión extrema de un conflicto ambiental atravesado por la violencia, la impunidad y el desamparo institucional.

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