sábado, 31 de enero de 2026

Gobernar con odio: la violencia como promesa política en las otras Costa Ricas


Por Mauricio Álvarez Mora, (ex)abstencionista y Fabian Pacheco Rodríguez, ecologista 

El gobierno de Rodrigo Chaves es, en apariencia, mágico: resolvió todos los problemas sin atender ninguno y sin hacer nada de fondo. No recurrió a políticas estructurales, sino a una eficaz, y violenta, psicomagia política. Operó simbólicamente sobre una población históricamente vulnerabilizada durante décadas; una exclusión tan estructural donde lo único que se hereda es la pobreza. Se trata de personas, comunidades y sectores que, durante más de 70 años, ni siquiera en los mejores momentos del Estado costarricense -previos al neoliberalismo- lograron sentir que la democracia les pertenecía o los incluía. La democracia era un discurso y algo del GAM.

Hoy, esa frustración acumulada parece transformarse en una peligrosa esperanza depositada en la violencia, encarnada en figuras como Chaves y Laura Fernández. Son más fuertes las dosis de odio, resentimiento e incluso el deseo de venganza que cualquier noción abstracta de una “democracia” que nunca conocieron ni experimentaron en su vida cotidiana. Esa magia es tan poderosa que logra relegar a un segundo plano la realidad material y las necesidades urgentes. En síntesis, es el hartazgo del hartazgo.

En un contexto así, no hacen falta grandes discursos: basta con ir a los territorios, estar con las personas, escucharlas y tratar de comprender sus razones… y montar, de paso, una performance sostenida de odio y violencia en todo espacio oficial posible. Y si, además, el continuismo les dice que todos sus males son culpa de quienes los ridiculizan y los llaman “chavestias” o ignorantes, el resultado es predecible. La pregunta es inevitable: ¿cómo y quién está realmente alimentando el resentimiento de quienes hoy apoyan el continuismo?

Existe una evidente pobreza de realidad en la clase política de oposición, en buena parte de la clase intelectual y en amplios sectores de la Meseta Central, esa que podríamos denominar la “meseta ilustrada”. No saben, no conocen y, peor aún, no les interesa lo que ocurre más allá de su propio algoritmo. Necesitan baños urgentes de realidad, pero cuando esta aparece en forma de encuestas adversas, estallidos de violencia en redes sociales o expresiones en la calle, responden con descalificación, elitismo y desprecio. Esa actitud no hace más que profundizar el resentimiento y la violencia que dicen condenar.

La campaña del continuismo ha sido, en ese sentido, popular y territorial. Se ha movido donde corresponde: en los rincones invisibilizados de esos territorios rurales, costeros, transfronterizos y de sacrificio donde los sectores urbanos ilustrados solo llegan a ver “lo bonito” durante un fin de semana, cuando llegan, y sin salirse del sendero turístico. Ha penetrado en espacios donde la vida aún transcurre fuera de la lógica permanente de las redes sociales, donde la experiencia directa -la realidad real y verdadera- importa más que la conectividad permanente. Por eso, si algo hay que reconocerle al continuismo es que, ya sea mediante un ultra financiamiento inquietante, clientelismo o apelando a una revancha simbólica contra la meseta ilustrada, supo moverse en esas otras Costa Ricas que existen, pero que muchos prefieren ignorar con una mezcla de comodidad y prepotencia ilustrada.

Esos territorios son también los de los miles de niños y niñas y jóvenes  del sistema educativo público que no pudieron conectarse durante la pandemia y que siguen ahí: quizás ya con un celular, pero no con una vida organizada -o desvivida- en torno exclusivamente a la conectividad. Si algo debimos aprender de la pandemia es que había que ir a esos lugares, integrarlos, construir alternativas y, sobre todo, no re-abandonarlos.

La lógica cómoda de la meseta ilustrada se impuso en la mayoría de los partidos políticos, cuya única presencia real parece existir en redes sociales. Ahí están sus bases y su apuesta, en un ambiente tóxico donde conviven un mundo feliz artificial, otro pornográfico de violencia, masas de troles y odio, y un tercero donde ambos se mezclan hasta distorsionarlo todo. El denominador común es la desconexión con la realidad: lo que ocurre fuera simplemente no existe.

Por eso a la meseta ilustrada le siguen faltando baños de realidad para poder ver estas otras Costa Ricas: aquellas donde la realidad es material, desigual y nada cómoda; donde la democracia y la “fiesta electoral” nunca llegaron, y donde más del 50 % de la población simplemente no vota.

Además, es evidente que hoy operan al menos tres grandes campañas electorales. La primera es la ilustrada y virtual, donde predomina un discurso que dice querer “salvar la democracia”, pero que al mismo tiempo reparte elitismo, deshumaniza al chavismo y luego se indigna ante la violencia.

La segunda es la campaña del gobierno y el continuismo, visiblemente populista -y, si se quiere, de clases populares- y efectiva, aunque se sostenga en el clientelismo, dudoso financiamiento o, peor aún, en la esperanza de que la violencia produzca algún cambio. Apostó donde los otros no llegaron.

La tercera es una no-campaña: ahí se concentra una mayoría mucho más amplia que la que elegirá a quien resulte ganador. Son las y los mal llamados abstencionistas, indecisos o desilusionados, a quienes con frecuencia se les presenta como peores que los propios chavistas y se les convierte en el chivo expiatorio perfecto para cargarles todos los males del sistema. 

Lo que sí podemos agradecer es que todos estos ingredientes: Chaves, Laura, el continuismo y la desintegración del país, no constituyen un destino manifiesto. Pueden cambiarse: ojalá mediante elecciones, aunque eso solo sería momentáneo; pero, si no, a mediano y largo plazo, se puede volver a dibujar un mapa común, mediante organización, reconstruyendo tejido social, presencia sostenida y nuevas formas de integración política y justicia socioambiental. Porque cuando quienes hoy están bajo el hechizo de la psicomagia chavista despierten, probablemente estarán aún más enojados, y siempre habrá otro ilusionista dispuesto a venderles algo más violento que la violencia misma, haciéndolo pasar por más democracia y justicia.


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