Por Mauricio Álvarez Mora.
Hay momentos en que una crisis no solo irrumpe, sino que revela. La pandemia en Costa Rica, especialmente en las regiones Norte y Caribe, no hizo más que levantar el velo sobre una realidad que llevaba décadas gestándose en silencio: la profunda desigualdad que sostiene el modelo agroexportador.
En medio de lo que se llamó una segunda ola de contagios, los focos no aparecieron al azar. Surgieron allí donde el país ha decidido concentrar buena parte de su producción: en las fincas y plantas empacadoras de piña, yuca, naranja. Lugares donde el trabajo no se detiene, aunque el riesgo crezca. Lugares donde el cuerpo se vuelve herramienta, incluso cuando enferma.