Por Mauricio Álvarez Mora
A finales de la década de 1990, Costa Rica proyectaba una imagen internacional de país comprometido con la conservación ambiental. Sin embargo, datos y denuncias provenientes de organizaciones ecologistas evidenciaban una realidad más compleja, particularmente en lo que respecta a la pérdida de bosques primarios y la situación crítica en regiones de alta biodiversidad como la Península de Osa.
Estadísticas de 1997 indicaban que el país registraba una deforestación anual de aproximadamente 16.400 hectáreas, frente a una reforestación cercana a las 12.600 hectáreas. Aunque estas cifras podrían sugerir un balance moderadamente negativo, diversos análisis advertían que el concepto de “reforestación” estaba siendo utilizado de manera engañosa. Gran parte de esa recuperación forestal correspondía a monocultivos de especies exóticas -como gmelina, teca y pino- o al crecimiento de bosque secundario, mientras los ecosistemas de bosque primario continuaban desapareciendo.
