Por Mauricio Álvarez Mora*
El movimiento socioambiental atraviesa un momento de inflexión histórica. El
contexto político, social y territorial del país no solo nos interpela: nos
obliga a revisar críticamente nuestras formas de organización, articulación e
incidencia. No estamos ante una coyuntura más, sino ante una reconfiguración
profunda del modelo de poder y de desarrollo. El desafío no es únicamente
resistir retrocesos, sino comprender la magnitud del cambio en curso y
redefinir estratégicamente nuestro papel en él.
Durante décadas, Costa Rica cultivó un
imaginario de excepcionalismo verde y respeto a los derechos humanos. Ese
relato, aunque siempre estuvo atravesado por tensiones estructurales, funcionó
como horizonte simbólico. Hoy ese imaginario se encuentra erosionado. Ya no
ocupa el centro del discurso político ni del debate electoral. En su lugar
emergen conflictos territoriales permanentes: disputas por el agua,
turistificación desregulada, expansión de agroquímicos, privatización de bienes
comunes y ausencia de planificación participativa. El conflicto dejó de ser
excepcional; se volvió estructural y cotidiano.
Lo que enfrentamos no son hechos aislados,
sino la expresión de un modelo de desarrollo consolidado en las últimas
décadas, que privilegia la rentabilidad inmediata por encima de la
sostenibilidad ecológica, la justicia ambiental y la autodeterminación comunitaria.
Lo que está en juego no es únicamente la gestión técnica de los recursos
naturales, sino la posibilidad misma de subsistir y permanecer dignamente en
los territorios.
En este escenario se ha intensificado la
criminalización de personas defensoras del ambiente. Los conflictos se
desarrollan con mayor rapidez y con ciclos de violencia más cortos. El
deterioro institucional ha estado acompañado de resistencia social, pero
también de judicialización, persecución administrativa y campañas de
desprestigio orientadas a debilitar liderazgos comunitarios. Defender el
territorio implica hoy mayores riesgos.
A ello se suma un proceso de re-abandono
territorial. En múltiples comunidades, el trabajo político de base fue
debilitándose, dejando vacíos que han sido ocupados por narrativas autoritarias
y soluciones simplificadas. Este abandono no es solo organizativo; es también
simbólico. Donde el movimiento social se retiró, otros actores construyeron
sentido común.
La regresión socioambiental, además, no ha
operado principalmente mediante grandes reformas legislativas, sino a través de
decretos, directrices y un progresivo debilitamiento técnico e institucional.
Se reducen presupuestos, se desregulan controles, se erosionan capacidades
estatales y se limita la autonomía de órganos técnicos creados precisamente
para evitar interferencias políticas en decisiones ambientales. El resultado es
una creciente concentración de poder que debilita el control democrático y compromete
el derecho constitucional a un ambiente sano.
Los retrocesos son concretos: debilitamiento
de áreas protegidas sin recursos suficientes, flexibilización de controles
sobre agroquímicos, retrocesos en transporte público y transición energética,
erosión del liderazgo ambiental internacional. Se consolida así una tendencia
que redefine silenciosamente las reglas del juego.
Acciones
estratégicas
Frente a este panorama, el movimiento
socioambiental necesita una agenda amplia y transformadora. El recambio
generacional es impostergable. Es necesario crear condiciones reales para la
participación de juventudes, mujeres, pueblos indígenas, comunidades costeras y
rurales, actores fuera de la Gran Área Metropolitana y colectivos emergentes
con nuevas formas de organización. Muchas de estas experiencias no se
estructuran bajo lógicas tradicionales; son más horizontales, autogestionadas e
híbridas en sus formas de movilización. El desafío no es subordinarlas, sino
dialogar y construir alianzas respetuosas que amplíen el sujeto político
socioambiental.
También es imprescindible reconfigurar la
articulación territorial. La agenda no puede definirse exclusivamente desde el
centro. Debe construirse de afuera hacia adentro, desde las costas, las zonas
rurales y los territorios indígenas hacia el debate nacional. En las periferias
se están disputando los principales modelos de desarrollo del país; reconocer
su centralidad estratégica es fundamental.
La protección de personas defensoras debe
ocupar un lugar prioritario. En varios territorios se están enfrentando
intereses extractivos, economías ilegales y dinámicas de violencia que no
pueden ser asumidas en soledad. Se requiere avanzar hacia mecanismos efectivos
de protección, incluso si en el corto plazo deben tener un carácter sui generis
o de impulso civil, ante la insuficiencia de respuestas estatales. Al mismo
tiempo, es indispensable fortalecer la vigilancia democrática sobre el uso de
herramientas de seguridad e inteligencia frente a la ciudadanía organizada.
En el plano institucional, el movimiento debe
sostener una incidencia permanente sobre la Asamblea Legislativa y otros
espacios de decisión. No basta con reaccionar ante proyectos regresivos; es
necesario anticiparse, formular propuestas, construir alianzas y mantener
presencia constante en la discusión pública. La rendición de cuentas ciudadana
debe convertirse en práctica sostenida y no episódica.
La disputa también es comunicacional. Es
urgente fortalecer una narrativa capaz de conectar con preocupaciones
cotidianas como el agua, la tierra y el acceso a bienes naturales. Sin
abandonar el rigor técnico, el movimiento debe hablar en un lenguaje comprensible
y movilizador, disputar el sentido común y ofrecer horizontes de futuro. La
denuncia es necesaria, pero no suficiente; se requiere construir esperanza
política con propuestas viables.
Finalmente, es clave aprender del contexto
regional e internacional. Comprender cómo operan los autoritarismos
contemporáneos, qué los fortalece y qué los debilita, permitirá anticipar
escenarios y evitar errores. Existen ejemplos de concentración de poder en la
región, pero también experiencias de transición democrática que ofrecen
lecciones valiosas.
El
desafío central no es únicamente resistir el avance extractivista o el
debilitamiento institucional. Es reconstruir tejido social, reactivar presencia
territorial y proponer un proyecto país basado en la justicia socioambiental.
En esa tarea se juega no solo la defensa del ambiente, sino la calidad misma de
nuestra democracia.
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