Por Mauricio Álvarez Mora.
Han pasado diez años desde el asesinato de Jairo Mora Sandoval y su nombre continúa siendo un símbolo incómodo para Costa Rica. Incómodo porque recuerda que detrás de la imagen internacional de país verde existe también una historia marcada por la violencia contra quienes defienden la naturaleza.
Jairo no era simplemente un joven apasionado por las tortugas marinas. Era un defensor ambiental que comprendió, desde muy temprana edad, que proteger la vida silvestre también implicaba enfrentarse a estructuras de poder, economías ilegales y territorios abandonados por el Estado. Su asesinato en la playa de Moín, en 2013, no fue un hecho aislado ni una tragedia accidental: fue la expresión extrema de un conflicto ambiental atravesado por la violencia, la impunidad y el desamparo institucional.
Desde niño, Jairo desarrolló un vínculo profundo con las tortugas marinas del Caribe Sur. Acompañado de su madre, recorría las playas donde estas especies anidan y aprendió rápidamente sobre la importancia de proteger sus huevos y acompañar el nacimiento de las crías. Con el paso de los años trabajó en algunos de los principales sitios de anidación del país, como Ostional, Playa Grande, Pacuare, Tortuguero y Cahuita. Su compromiso no era simbólico ni superficial: dedicó su vida a patrullar playas y enfrentar el saqueo sistemático de huevos de tortuga.
En 2012, mientras trabajaba en Moín, logró identificar alrededor de 1474 nidos de tortuga baula, evidenciando la enorme importancia ecológica de esa playa. Paradójicamente, ese mismo territorio donde la naturaleza sobrevivía bajo amenaza también era escenario de redes de extracción ilegal y creciente violencia. Un año después, Jairo fue secuestrado y asesinado mientras realizaba labores de patrullaje junto a voluntarias extranjeras.
Su muerte generó conmoción nacional e internacional. Sin embargo, diez años después, la pregunta sigue siendo incómoda: ¿qué cambió realmente?
La historia posterior parece demostrar que Costa Rica continúa atrapada en profundas contradicciones ambientales. Tras el asesinato de Jairo se propuso crear un refugio de vida silvestre en Moín para fortalecer la protección de una de las playas más importantes para la tortuga baula. La propuesta fue ignorada. En cambio, el avance de grandes proyectos de infraestructura y desarrollo terminó transformando drásticamente el territorio.
Como señaló Claudio Quesada Rodríguez, coordinador de Investigación y Conservación de la Reserva Pacuare, la construcción de APM Terminals ha venido reduciendo significativamente la anidación de tortuga baula en la zona. Más allá del debate específico sobre este megaproyecto, sus palabras reflejan una realidad más amplia: el país continúa privilegiando ciertos modelos de desarrollo económico aun cuando impliquen impactos severos sobre ecosistemas estratégicos.
La situación tampoco parece haber mejorado para quienes hoy continúan defendiendo las tortugas marinas. Randall Villalta Mora, de la Asociación Amigos de la Isla Uvita y amigo cercano de Jairo, advierte que persiste el escaso apoyo institucional para las iniciativas de conservación. Sus palabras muestran que gran parte de la protección ambiental sigue dependiendo de organizaciones comunitarias y personas voluntarias que trabajan con recursos limitados y muchas veces sin respaldo estatal suficiente.
El legado de Jairo Mora no puede reducirse a homenajes ocasionales ni a discursos institucionales sobre conservación. Su historia obliga a discutir asuntos más profundos: la violencia contra personas defensoras ambientales, la fragilidad de los ecosistemas costeros, la expansión de proyectos extractivos y turísticos, y la débil capacidad del Estado para proteger tanto la biodiversidad como a quienes la defienden.
También interpela la imagen que Costa Rica proyecta internacionalmente. Resulta contradictorio celebrar el liderazgo ambiental mientras persisten conflictos socioecológicos donde comunidades y personas defensoras enfrentan abandono, amenazas o criminalización.
Diez años después, Jairo Mora sigue presente no solo en la memoria de quienes lo conocieron, sino también en cada persona que continúa patrullando playas, cuidando nidos y defendiendo el mar Caribe frente a múltiples amenazas. Su legado vive en iniciativas comunitarias, organizaciones ambientales y generaciones jóvenes que entienden que la conservación no es únicamente proteger especies, sino también defender territorios y formas de vida.
Recordar a Jairo debería servir no solo para honrar su memoria, sino para preguntarnos qué tipo de país queremos ser. Porque mientras defender la naturaleza siga implicando riesgos, violencia o abandono, la deuda con Jairo Mora y con tantos otros defensores ambientales seguirá abierta.

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