Por Mauricio Álvarez Mora*
Las semillas parecen pequeñas. Cabían en la palma de una mano mucho antes de entrar en las leyes, en los mercados o en los tratados de libre comercio. Pero contienen algo inmenso: la memoria de los pueblos, la historia de la alimentación, las culturas que las mejoraron y la posibilidad misma del futuro.
Desde esa certeza se desarrolló una conversación
que no fue técnica ni neutral, sino profundamente política y situada en los
territorios. En el Programa
Voces y Política de Radio Universidad de Costa Rica,
participaron dos voces con trayectorias largas y profundamente enraizadas en la
defensa de las semillas y los territorios. Desde México, Evangelina Robles,
abogada e integrante del Colectivo por la Autonomía y Saberes Locales de
Jalisco, y parte de la histórica Red
en Defensa del Maíz, un proceso organizativo con más de dos décadas de
trabajo sostenido frente a los transgénicos y en la protección activa de
semillas nativas. Desde Uruguay, Marcelo Fossatti, productor agroecológico,
educador y coordinador de la Red Nacional de
Semillas Nativas y Criollas, una articulación que vincula producción
campesina, cuidado del territorio y construcción de soberanía alimentaria.
No se trata de voces aisladas. Ambos forman parte
de entramados colectivos amplios que, desde distintos territorios de América
Latina, han sostenido procesos de resistencia, intercambio y creación de
alternativas. Sus palabras no llegan como opiniones individuales, sino como
síntesis vivas de experiencias compartidas, de luchas acumuladas y de vínculos
profundos con la tierra.
Evangelina situó la discusión en la historia
agraria de México, donde cerca del 60% de la tierra sigue siendo de propiedad
social o colectiva, a través de ejidos y comunidades indígenas. Esta condición
ha permitido sostener una gran biodiversidad y una relación distinta con el
territorio. No se trata de ver la tierra como un recurso, explicó, sino como
madre, como un espacio de vida donde las semillas no son objetos, sino parte de
una red de relaciones que incluye a los seres humanos, los animales, el agua y
el tiempo.
“Las semillas son memoria del pueblo”, afirmó,
resaltando que su cuidado no responde a una lógica de mercado, sino a acuerdos
comunitarios que han garantizado su continuidad durante miles de años. En esa
misma línea, explicó que el intercambio es fundamental, porque “sin intercambio
las semillas no serían lo que son ahora”. Las semillas no se conservan
guardándolas, sino sembrándolas, compartiéndolas y devolviéndolas a la tierra
en un ciclo continuo que involucra responsabilidad, conocimiento y comunidad.
Sin embargo, esa relación se ha visto
profundamente amenazada. Evangelina describió cómo los tratados de libre
comercio han fragmentado el territorio en múltiples regulaciones, separando lo
que antes estaba integrado: la tierra, el agua, los bosques y ahora también las
semillas. En ese proceso, México ha pasado de ser autosuficiente a importar más
de 20 millones de toneladas de maíz transgénico. Para un país que es centro de
origen del maíz, esta transformación no es solo económica, sino una ruptura en
su tejido cultural y biológico.
Frente a este escenario, la respuesta de las
comunidades ha sido clara y persistente: “el acto más político es seguir
sembrando, cuidando e intercambiando nuestras semillas”. No como consigna, sino
como práctica cotidiana que sostiene la vida frente a la imposición de un
modelo que busca controlar, uniformar y romper los ciclos propios de la
biodiversidad.
También alertó sobre los impactos del modelo
agroindustrial, que no está orientado a alimentar, sino a producir mercancías
para el mercado global. “No están produciendo alimentos, están produciendo
mercancías”, señaló, refiriéndose a la expansión de monocultivos como el
aguacate, la caña o la soya, que transforman territorios diversos en paisajes
homogéneos, consumen grandes cantidades de agua y dejan tras de sí degradación
ambiental y social.
Desde Uruguay, Marcelo Fossatti describió una
realidad atravesada por el avance del agronegocio y la reducción sostenida de
la vida rural. En las últimas décadas, miles de familias han sido desplazadas
del campo, mientras se consolidan modelos de producción intensiva basados en
monocultivos y en la industrialización de la ganadería.
Marcelo planteó con claridad la existencia de dos
propuestas en disputa. “Hay dos modelos en disputa”, dijo. Uno que ve la
semilla como un insumo dentro de un sistema productivo orientado al lucro. Otro
que la reconoce como base de la vida, como herencia, como conocimiento
acumulado y como vínculo entre generaciones.
Fue enfático al señalar lo que está en juego:
“quien controla las semillas controla la alimentación”, y con ello, la
capacidad de decidir sobre el presente y el futuro. Su testimonio evidenció
cómo este modelo no solo transforma los sistemas productivos, sino que
reconfigura los territorios y expulsa a quienes los habitan. Describió, por
ejemplo, cómo las plantaciones forestales rodean pequeñas fincas campesinas
hasta hacer inviable su producción, generando desplazamientos silenciosos pero
constantes.
Aun así, reivindicó la práctica campesina como
una forma de resistencia viva. “Uno no puede viajar despojado de su historia”,
dijo, explicando por qué siempre lleva semillas consigo. No como un gesto
simbólico, sino como una forma concreta de mantener vivo el vínculo con su
territorio, con sus saberes y con su comunidad.
Como parte de ese intercambio, hoy en mi pequeño
patio urbano germina una variedad de ayote que viajó, se adaptó en Uruguay y
ahora retorna a su centro de origen, mejorada con cariño y tiempo por muchas
personas y generaciones distintas. En ese recorrido, que parece mínimo, se
condensan siglos de historia, cruces, cuidados y transformaciones. Es una
prueba silenciosa de que las semillas no obedecen fronteras fijas y de que
siempre encuentran caminos para seguir viviendo.
Volviendo al Programa, ambas voces coincidieron
en que la regulación vigente no protege a los pueblos, sino que favorece los
intereses de las grandes corporaciones. En ese contexto, y a partir de la
articulación de múltiples redes y organizaciones a nivel global, surge la decisión
de llevar estas denuncias al Tribunal Permanente de los
Pueblos la defensa de las semillas. No como un gesto aislado, sino como un
paso más en un proceso de acumulación de luchas y de construcción de una voz
colectiva.
Evangelina explicó que este tribunal busca reunir
argumentos de distintas regiones del mundo, evidenciando que, aunque los
conflictos se manifiestan de forma local, responden a dinámicas estructurales.
“La regulación no es para garantizar la alimentación, es para garantizar el
negocio de las empresas”, afirmó, señalando con claridad el fondo del problema.
Por su parte, Marcelo enfatizó la necesidad de
visibilizar estas luchas y de replantear conceptos clave. “Los obtentores somos
los campesinos”, señaló, recordando que han sido los pueblos quienes, durante
milenios, han seleccionado, cuidado y desarrollado las semillas que hoy
sostienen la alimentación global.
Con esto, Marcelo hace referencia a marcos como
UPOV (Unión Internacional para la Protección de las Obtenciones Vegetales), que
forman parte de los sistemas legales que buscan regular la propiedad de las
semillas. Como explicó Evangelina, este régimen reconoce derechos a quienes
registran nuevas variedades, pero en la práctica termina restringiendo el uso,
la reproducción y el intercambio de semillas que han sido construidas
colectivamente por los pueblos. En su versión más reciente, conocida como UPOV 91,
estos derechos se amplían al punto de limitar incluso variedades similares,
consolidando un proceso de privatización de la vida. Detrás de esta normativa,
advirtió, no hay un interés por proteger la biodiversidad ni la alimentación,
sino por asegurar el control de uno de los negocios más grandes del mundo.
La Declaración
final del Tribunal Permanente de los Pueblos, emitida en Cartago en enero
de 2026, recoge y confirma muchas de estas denuncias. El Tribunal reconoce que
los conflictos en torno a las semillas no son hechos aislados, sino parte de
patrones estructurales que se repiten en distintos territorios.
Entre estos patrones, identifica la presencia de
violencia y coerción territorial, que no siempre se expresa de forma directa,
pero que instala condiciones de amenaza constante. También señala la existencia
de presiones sistemáticas sobre las decisiones públicas por parte de grandes
actores económicos, que inciden en la formulación de leyes y políticas.
El Tribunal advierte además sobre un vaciamiento
de la justicia en los marcos legales, donde “se legisla y se reglamenta para
ordenar el mercado, no para proteger la vida”. En este contexto, las leyes
dejan de ser herramientas de protección y se convierten en mecanismos que
facilitan la expansión de un modelo que concentra beneficios y distribuye
daños.
Asimismo, señala una dinámica en la que los
beneficios se concentran en pocos actores mientras los riesgos se distribuyen
ampliamente. La contaminación, la pérdida de biodiversidad, la degradación de
suelos y aguas, así como los impactos en la salud, son asumidos por las
comunidades, mientras las ganancias se privatizan.
Publicado en: Defensa de las semillas al Tribunal Permanente de los Pueblos | Biodiversidad en América Latina
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