Por Mauricio Álvarez Mora.
Hay ríos que son mucho más que un cauce de agua. Son memoria, encuentro y vida cotidiana. Son el lugar donde las comunidades aprenden a nadar, pescan, celebran y construyen recuerdos. El Río Frío, en Guatuso, ha sido durante décadas uno de esos ríos. Un vecino cercano que acompañó la vida de generaciones enteras y que además alimenta uno de los humedales más importantes de Costa Rica: el Refugio Nacional de Vida Silvestre Caño Negro.
Sin embargo, la reciente aprobación de una concesión de minería no metálica por 30 años más sobre este río obliga a preguntarnos qué significa realmente el desarrollo para las instituciones que toman estas decisiones. Porque cuando un río empieza a ser visto únicamente como una fuente de extracción, algo profundo comienza a romperse no solo en la naturaleza, sino también en la vida comunitaria.
Las comunidades de la zona llevan años denunciando el deterioro progresivo del Río Frío. Lo que antes era un río navegable, lleno de corrientes y pozas, hoy muestra señales visibles de agotamiento y alteración. Vecinas y vecinos relatan cómo los bancos de arena, los lodos y los troncos expuestos dificultan la navegación y afectan directamente al humedal de Caño Negro. La sedimentación se acumula en los bordes de los cuerpos de agua mientras la arena se deposita en el fondo, modificando los flujos naturales del río.
Detrás de este problema no existe una única causa. La expansión de monocultivos, la ganadería extensiva, la deforestación y la erosión de suelos han venido presionando desde hace años la salud ecológica de la región. Pero en ese escenario, la minería no metálica ha ganado cada vez más protagonismo.
Y lo ha hecho bajo la legitimidad institucional.
La aprobación municipal de nuevas concesiones revela cómo muchas veces las instituciones públicas terminan funcionando más como facilitadoras de actividades extractivas que como garantes del bienestar ambiental y comunitario. La denuncia de las comunidades de Maquengal es clara: existe poca fiscalización y monitoreo sobre las empresas extractivas que operan en el río.
Mientras tanto, el deterioro avanza lentamente.
Eddy Alberto López Mora, integrante de la Asociación de Desarrollo de Maquengal de Guatuso, resumió con claridad la gravedad de la situación al señalar que el Río Frío es una fuente vital para la economía turística y agrícola de la zona, además de ser el principal afluente del humedal de Caño Negro. Pero también advirtió algo todavía más inquietante: “la minería desregulada lo acaba de a poco”.
Esa frase sintetiza perfectamente lo que ocurre en muchos territorios rurales del país. No se trata de una destrucción inmediata y espectacular que genere escándalo nacional. Es un desgaste lento, cotidiano y acumulativo que poco a poco transforma los paisajes, erosiona la biodiversidad y deteriora las condiciones de vida de las comunidades.
El problema es todavía más contradictorio cuando se recuerda que Caño Negro es un sitio Ramsar de importancia internacional. Costa Rica promociona al mundo la riqueza ecológica de sus humedales y ecosistemas mientras, al mismo tiempo, permite actividades que amenazan directamente su equilibrio.
La contradicción es evidente.
No se puede defender internacionalmente un humedal mientras se debilita el río que lo alimenta.
La extracción de materiales modifica el curso natural de los ríos, altera sus caudales y acelera procesos de erosión en las riberas. Esto afecta ciclos reproductivos de especies acuáticas y aumenta la vulnerabilidad frente a inundaciones y otros fenómenos naturales. Pero además existe otra dimensión menos visible y profundamente dolorosa: la erosión de la vida comunitaria.
Cuando un río se degrada, las comunidades también pierden espacios de encuentro y pertenencia. Desaparecen las pozas donde jugaban los niños, las corrientes donde las familias se bañaban y los lugares que daban sentido a la convivencia cotidiana. La pregunta que hacen las personas vecinas es profundamente humana: ¿a dónde van a ir ahora las nuevas generaciones después de la escuela? ¿Dónde podrán encontrarse con el río que formó parte de la vida de sus padres y abuelos?
Porque la pérdida ambiental nunca es solamente ecológica. También es cultural, emocional y colectiva.
Las comunidades de Guatuso siguen defendiendo el Río Frío precisamente porque entienden que todavía hay algo que salvar. A pesar del daño acumulado, el río continúa atrayendo visitantes, continúa sosteniendo economías locales y continúa siendo parte de la identidad de quienes habitan la región.
Lo que está en disputa no es únicamente una concesión minera. Es la forma en que el país decide relacionarse con sus ríos y con las comunidades que dependen de ellos.
La pregunta de fondo es si Costa Rica seguirá viendo sus territorios rurales como simples espacios de extracción o si finalmente comprenderá que proteger los ríos también significa proteger la vida que existe alrededor de ellos.
Más información: Observatorio de Bienes Comunes sobre Guatuso y Río Frío

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