Mauricio Álvarez Mora, ecologista y docente UCR-UNA
Con el tiempo entendimos que defender el humedal no era solamente defender un pedazo de tierra inundable, ni unas cuantas especies, ni siquiera únicamente un ecosistema. Defender Térraba-Sierpe era defender una memoria larguísima: una continuidad que viene desde quienes levantaron las esferas mirando el cielo y entendiendo el equilibrio entre el mar, el río, el manglar, la montaña y la vida, hasta quienes hoy siguen caminando estos territorios con la certeza de que todavía es posible otro futuro.
Tal vez aquel momento esplendoroso en que se construyeron las esferas y se alinearon con el sol ya establecieron algo: una constelación entre el destino del humedal, del río y de la gente que lo habita. Porque este humedal siempre ha parecido venir del futuro y reflejar el universo. Un futuro antiguo, donde las personas sabían convivir con el manglar, el mar, el bosque y los animales sin destruirlos. Un futuro donde la abundancia no significaba saqueo. Donde el desarrollo no era arrasar con todo. Y quizá por eso cada generación ha sentido el deber de defenderlo.
Siempre se ha estudiado a las esferas por su monumentalidad, por la precisión de sus formas, por el enorme trabajo colectivo humano que hizo posible moverlas y construirlas, por sus posibles alineaciones astronómicas y su relación con ciclos agrícolas o ceremoniales, los periodos del clima y el territorio. Se las ha observado como objetos extraordinarios capaces de revelar conocimientos sofisticados sobre geometría, paisaje y organización social.
Pero quizá no se ha estudiado ni valorado lo suficiente a las personas que descienden de quienes las hicieron posibles. A los pueblos y comunidades que todavía guardan, en su memoria colectiva, en su relación cotidiana con el territorio, en sus bailes, en sus cantos, en sus oraciones, en su corazón e incluso en su propio código genético, parte de aquella antigua sabiduría del equilibrio. Porque las esferas nunca fueron únicamente piedras: eran expresión de una manera de entender el mundo, de relacionarse con la naturaleza, de ordenar la vida alrededor del equilibrio entre mar, río, suelo, cielo, bosque, manglar y comunidad.
Buena parte de las luchas sociales de este país han pasado por el gran río Térraba que nutre el humedal. Lo habitan y defienden los pueblos indígenas durante siglos. Lo defendieron quienes enfrentaron a ALCOA, sin saber quizá que también estaban defendiendo la vida de este gran ecosistema. Lo defendieron comunidades campesinas que recuperaron la tierra después de la devastación bananera y devolvieron vida donde antes hubo explotación. Lo defendieron jóvenes, estudiantes, científicos, pescadores y familias enteras frente a las represas, frente a la expansión piñera y frente a quienes quisieron convertir este territorio vivo en mercancía.
Las recuperaciones de territorios indígenas, la lucha contra la represa de Boruca o Diquís, la defensa del ICE y las luchas contra el TLC tuvieron aquí una nacencia, un desarrollo o un momento decisivo que corrió por el río, por la gente y por la memoria hasta desembocar en el humedal. Es una memoria que camina por el agua y se transmite de generación en generación. Camina también en el cielo reflejado en el río, enlazando el territorio con el universo y el tiempo. Por eso este es un sitio sagrado. Porque aquí se juega la posibilidad de volver al futuro o de caminar hacia ese pasado gris que hoy regresa disfrazado de progreso.
Y cada lucha fue dejando algo: esferas, canciones, bailes de diablitos o de toros y mulitas, aprendizajes, afectos, semillas, organización y memoria. Porque los pueblos también construyen su historia cantando con su luz.
A finales de 2016, en medio del mayor sigilo, SETENA aprobó la viabilidad ambiental de un proyecto piñero ubicado a unos 500 metros de la plaza de Palmar Sur. Según la resolución, el proyecto abarcaría alrededor de 600 hectáreas. La aprobación ocurrió en diciembre, en menos de 19 días, sin verificación de campo y mediante un trámite extraordinariamente acelerado.
En cualquier otro contexto, contar ya con un estudio de impacto ambiental aprobado habría significado que quedaba muy poco por hacer. Pero el humedal cargaba demasiada memoria para quedarse callado.
La finca intervenida no era un terreno vacío. Aunque buena parte estaba cubierta por plantaciones de melina, aproximadamente un 11% correspondía a bosque y cerca de un 3% a humedales: es decir unas 23 hectáreas de ecosistemas inundables. Además, dentro de la propiedad se habían identificado al menos nueve sitios arqueológicos. La piñera avanzaba no solo hacia el humedal, sino también hacia la memoria material y viva del territorio.
Y entonces ocurrió algo poco común. Una de esas alineaciones excepcionales: una de las articulaciones sociales contemporáneas más sorprendentes que se recuerdan en la región y el país. Fue posible porque existía un sustrato ancestral, histórico, y comunitario profundo, donde la arqueología no era vista como algo muerto o lejano, sino como parte viva de la identidad presente. Las esferas no estaban únicamente en los museos: seguían habitando la memoria cotidiana de las comunidades, de los pueblos indígenas y de las familias campesinas que sabían que el avance de PINDECO también significaba el regreso del viejo orden bananero y la amenaza sobre su identidad y sus formas de vida.
Y tal vez eso fue precisamente lo que volvió a manifestarse durante la defensa del Humedal Térraba-Sierpe. En aquel conflicto no solamente se alinearon objetos arqueológicos o memorias del pasado: se alinearon personas. Se activó un saber hacer profundo que seguía vivo en comunidades indígenas, campesinas y habitantes del territorio que reconocieron, casi intuitivamente, que permitir el avance sobre el humedal significaba romper un equilibrio mucho más antiguo y profundo que seguía habitando a las personas.
Hubo entonces una conciencia colectiva de que era necesario ponerle un límite a la expansión piñera. No solamente por el bosque o los humedales, sino porque lo que estaba en juego era una forma completa de entender y vivir el territorio.
La defensa del Humedal Térraba-Sierpe produjo así algo extraordinario: una alineación de movimientos sociales que rara vez coinciden con tanta fuerza y claridad en un mismo lugar. Campesinos que luchaban por la tierra, comunidades indígenas que defendían la memoria viva de sus pueblos, ambientalistas preocupados por el monocultivo piñero, funcionarios públicos, profesionales, arqueólogos, estudiantes, académicos, pescadores y personas defensoras del patrimonio cultural encontraron un punto de convergencia común. Lo que eran normalmente “tribus” y colectividades que aparecían muy distintas, dispersas o fragmentadas comenzaron a convocarse alrededor de una misma defensa territorial.
En ese sentido, la imagen de las esferas adquiere una dimensión todavía más profunda. Las esferas siempre han sido interpretadas como signos de alineación, de conexión entre distintos puntos del paisaje y de conocimiento territorial. Pero quizá la verdadera alineación no estaba solamente en los objetos o las estrellas, sino también en las personas que descienden de quienes las hicieron posibles. Como si aquella antigua inteligencia ecológica siguiera circulando silenciosamente entre generaciones, como latencias subversivas esperando el momento de volver a germinar.
De manera casi inesperada, ocurrió algo similar alrededor del humedal: distintas memorias, generaciones y luchas comenzaron a alinearse entre sí, formando una constelación política, cultural y afectiva difícil de romper. Entonces las esferas dejaron de ser únicamente vestigios arqueológicos y revelaron otra cosa: que la verdadera alineación continúa ocurriendo en las personas. En quienes todavía conservan una sensibilidad para leer el territorio, para comprender los ciclos del agua, para defender la vida colectiva y para reconocer que ciertos lugares no pueden reducirse a mercancía.
El humedal dejó entonces de ser únicamente un ecosistema amenazado. Se convirtió en un espacio de convergencia entre el pasado arqueológico, las disputas del presente y las posibilidades del futuro. La arqueología dejó de ser únicamente vestigio o museo; se volvió fuerza movilizadora. Las esferas empezaron a narrar no solo antiguas civilizaciones, sino también la capacidad de las comunidades actuales para articularse frente a proyectos extractivos y modelos de desarrollo impuestos.
En cuestión de meses, el conflicto adquirió escala nacional. Y más allá de las disputas legales, ya existía una decisión política y social muy clara: no se permitiría que PINDECO avanzara más sobre el humedal. La sociedad y constelación del humedal decretó, los políticos comprendieron, las instituciones aceptaron, pero sobre todo la empresa entendió y acató la decisión social.
Quizá esa sea la verdadera magia que rodea a Térraba-Sierpe. Así como las aguas del humedal conectan ríos, manglares, bosques y mares, también este territorio logró conectar luchas aparentemente separadas. Y así como las esferas parecen dialogar entre sí a través del paisaje y del tiempo, esta fuerza social encontró una forma de alinearse alrededor de una defensa común de la vida.
Por eso la defensa del humedal no fue solamente un conflicto socio ambiental. Fue también una reactivación de memorias largas, una demostración de que la historia profunda del territorio sigue viva en la gente que lo habita. Y quizá allí reside una de las lecciones más poderosas de Térraba-Sierpe: que las esferas no terminaron cuando fueron enterradas o descubiertas por la arqueología, sino que continúan existiendo en las relaciones, en las luchas y en la capacidad de las comunidades para volver a alinearse alrededor de la vida.
Por eso esta canción no habla solamente del pasado. Habla de la obligación de sostener un futuro posible. De no regresar otra vez al viejo mundo de destrucción, contaminación y codicia. Habla de seguir cuidando este humedal como quien cuida una promesa.
Que Térraba-Sierpe siga siendo refugio de aves, de manglares, de pueblos y de sueños. Que siga siendo territorio de vida y no de sacrificio. Que las futuras generaciones puedan mirar estas aguas y entender que hubo personas que decidieron defender la vida cuando todo parecía imposible.
Y que nunca olvidemos que, a veces, el futuro más hermoso ya existió antes que nosotros, y que nuestro deber es hacerlo posible nuevamente en el presente y heredarlo.
Publicado en: https://semanariouniversidad.com/opinion/terraba-sierpe-constelaciones-para-una-arqueologia-del-futuro/
* Como parte de la conmemoración del Día Internacional de la Defensa del Ecosistema Manglar y del lanzamiento de la canción Sierpe para Siempre, recordamos diez años de una de las luchas socioambientales más significativas de Costa Rica.

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