Por Mauricio Álvarez Mora.
En el Caribe Sur la protesta no siempre se grita únicamente en marchas o discursos. A veces se canta. A veces se baila. A veces se convierte en calypso.
Eso es lo que ocurre hoy en Cahuita, donde la canción “Queremos vivir en paz” del calypsonian Danny Williams se transformó en un himno comunitario frente al rechazo que muchas personas sienten hacia el Plan Regulador Costero de Talamanca.
La frase resuena en calles, sodas, casas y automóviles: “Déjenos vivir en paz, queremos vivir en paz, no aguantamos más”. No es solamente un estribillo pegajoso. Es una declaración política, cultural y territorial. Resume el cansancio de comunidades afrodescendientes e indígenas que sienten que nuevamente deben defender su derecho a existir frente a decisiones tomadas lejos de sus voces.
En Cahuita, el calypso nunca ha sido únicamente música. Ha sido memoria, denuncia y resistencia.
Desde hace generaciones, el calypso del Caribe costarricense ha narrado las alegrías, injusticias, conflictos y transformaciones que atraviesan la vida comunitaria. Las canciones funcionan como archivos vivos donde queda guardada la historia de quienes muchas veces han sido invisibilizados por los relatos oficiales del país.
Por eso no sorprende que el conflicto alrededor del Plan Regulador haya terminado convirtiéndose también en canción.
Cuando Danny Williams canta que en Cahuita no hace falta demostrar que son pueblo tribal y ancestral, está defendiendo mucho más que una identidad cultural. Está recordando que las comunidades afrodescendientes del Caribe Sur tienen raíces históricas profundas en ese territorio y que sus formas de vida no pueden ser tratadas como obstáculos secundarios frente a proyectos turísticos e intereses inmobiliarios.
Las referencias a los ancestros afrodescendientes llegados desde África y asentados históricamente en Cahuita expresan justamente esa necesidad de reconocimiento histórico que muchas comunidades sienten constantemente amenazada.
El conflicto alrededor del Plan Regulador Costero no se reduce a una discusión técnica sobre zonificación. Lo que está en disputa es quién tiene derecho a decidir el futuro del Caribe Sur y qué modelo de territorio prevalecerá en las próximas décadas.
Por eso la música aparece como una herramienta tan poderosa.
Mientras las instituciones hablan en lenguaje jurídico, técnico y burocrático, el calypso logra expresar el conflicto desde las emociones, la memoria y la vida cotidiana de la comunidad. La canción dice algo muy simple y profundamente humano: queremos seguir viviendo aquí en paz.
Ese mensaje tiene una enorme carga simbólica en una región donde muchas personas sienten que el avance del megaturismo y la especulación territorial amenaza precisamente esa tranquilidad comunitaria que históricamente ha caracterizado a Cahuita.
Williams lo dejó claro cuando afirmó que no rechazan la idea de un plan regulador, sino la imposición de uno donde las comunidades no participen realmente. La exigencia no es aislamiento ni inmovilismo. Es participación, respeto y reconocimiento cultural.
Resulta especialmente significativo que el calypso haya sido grabado con participación de personas de distintas generaciones de la comunidad. Niños, jóvenes y músicos históricos aparecen involucrados en la producción. Eso refleja que la defensa del Caribe Sur no pertenece únicamente a líderes políticos o ambientales, sino que atraviesa toda la vida comunitaria.
La cultura se convierte así en espacio de organización y resistencia colectiva.Y en Cahuita el calypso ocupa un lugar central dentro de esa resistencia cultural.
Agrupaciones como Kawe Calypso han dedicado décadas a preservar y revitalizar esta tradición musical afrocaribeña. Más que una banda, representan un esfuerzo comunitario por mantener viva una identidad cultural históricamente marginada dentro de los imaginarios nacionales costarricenses.
Su trabajo continúa el legado de figuras fundamentales como Walter Ferguson, cuyos calypsos también relataban conflictos territoriales, tensiones comunitarias y formas de resistencia popular. Canciones como “Cabin in the Wata” ya narraban décadas atrás las disputas entre comunidades locales y modelos de conservación o desarrollo impuestos desde afuera.
En ese sentido, el nuevo calypso contra el Plan Regulador no aparece de la nada. Forma parte de una larga tradición donde la música caribeña sirve para defender territorio, memoria y dignidad.
También resulta profundamente simbólico que esta resistencia ocurra precisamente a través del calypso, una expresión cultural nacida de pueblos afrodescendientes que históricamente transformaron el dolor, el despojo y las injusticias en creatividad y comunidad.
Mientras algunos sectores ven el Caribe Sur únicamente como destino turístico o espacio de inversión, las comunidades recuerdan que allí existe una historia viva, una cultura propia y formas de relación con el territorio que no pueden reducirse a mapas de zonificación o proyectos de desarrollo económico.
Por eso el calypso hoy vuelve a cumplir una función histórica: recordarle al país que el Caribe Sur no es solamente un paisaje para consumir, sino un territorio habitado por comunidades que quieren seguir existiendo según sus propios ritmos, culturas y formas de vida.
Y quizá por eso la frase “queremos vivir en paz” tiene tanta fuerza.
Porque en el fondo no habla solamente de tranquilidad. Habla del derecho de una comunidad a seguir siendo ella misma.

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