Por Mauricio Álvarez Mora.
Centroamérica atraviesa un nuevo ciclo de expansión minera impulsado por el aumento global en la demanda de minerales, especialmente el oro, el cobre y otros considerados estratégicos para la llamada transición energética. En un contexto de incertidumbre económica y conflictos internacionales, el oro vuelve a posicionarse como un activo de refugio para los mercados financieros, mientras las grandes economías buscan asegurar el acceso a minerales críticos. Esta dinámica global está intensificando la presión extractiva sobre los territorios mesoamericanos y reconfigurando viejos conflictos por el control de la naturaleza.
Los datos muestran la dimensión de este fenómeno. Aunque la minería apenas representa entre un uno y un tres por ciento del Producto Interno Bruto de la mayoría de los países centroamericanos, su huella territorial es enorme. Más de 4,5 millones de hectáreas se encuentran bajo solicitud de concesión minera en la región, una superficie equivalente a casi todo el territorio de Costa Rica. Buena parte de estas concesiones se ubican en territorios indígenas, bosques, áreas protegidas y zonas estratégicas para la producción y recarga de agua.
La narrativa oficial insiste en presentar la minería como una vía para atraer inversión, generar empleo y resolver los problemas económicos de la región. Sin embargo, la experiencia centroamericana demuestra que detrás de esa promesa suelen aparecer conflictos sociales, contaminación de fuentes de agua, deforestación, pérdida de biodiversidad y profundización de las desigualdades territoriales. Los beneficios económicos se concentran en pocas manos, mientras las comunidades asumen los costos ambientales y sociales durante décadas.
Los casos de Nicaragua, Honduras, Guatemala, Panamá y El Salvador muestran distintas expresiones de un mismo modelo. En El Salvador, donde más del noventa por ciento de las aguas superficiales ya presentan algún grado de contaminación, la decisión de revertir la histórica prohibición de la minería metálica vuelve a poner en riesgo la cuenca del río Lempa, principal fuente de agua para más de la mitad de la población. En Honduras continúan expandiéndose las concesiones en territorios con fuerte estrés hídrico; Guatemala concentra miles de hectáreas concesionadas en zonas de alta vulnerabilidad climática; mientras que Nicaragua ha convertido el oro en su principal producto de exportación mediante una acelerada expansión de concesiones, incluso dentro de áreas protegidas.
Pero reducir esta discusión únicamente a los impactos ambientales sería un error. La expansión del extractivismo también implica transformaciones profundas en la forma en que se ejerce el poder. En distintos países de la región, el avance de la minería ha estado acompañado por procesos de concentración política, debilitamiento de los controles institucionales, reformas legales favorables a las empresas extractivas y crecientes restricciones a la participación ciudadana. El modelo extractivo necesita, con frecuencia, instituciones menos capaces de controlar, fiscalizar y garantizar derechos.
No es casual que muchas de las personas que hoy lideran la defensa del agua y de los territorios enfrenten procesos de criminalización, persecución judicial, amenazas o exilio. Defender un río, un bosque o una comunidad se ha convertido, en muchos casos, en una actividad de alto riesgo. Quienes cuestionan los proyectos extractivos suelen ser presentados como enemigos del desarrollo, obstaculizadores de la inversión o actores políticos incómodos para gobiernos cada vez más autoritarios.
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