miércoles, 21 de junio de 2017

Comunidades articulan resistencias frente al avance de los agronegocios en Costa Rica


Por Mauricio Álvarez Mora

Representantes de comunidades de distintas regiones del país se reunieron en un encuentro nacional para analizar y denunciar los impactos de la expansión de los agronegocios, particularmente los monocultivos de piña, banano, arroz y palma africana, que han transformado de manera profunda los territorios rurales en las últimas décadas.

El espacio, impulsado por organizaciones como la Red de Coordinación en Biodiversidad, la Federación Conservacionista de Costa Rica, COECOCeiba-Amigos de la Tierra, el Frente Nacional de Sectores Afectados por la Expansión Piñera y Bloque Verde, reunió experiencias provenientes de zonas como la región norte, el Caribe y el sur del país, donde estos modelos productivos han tenido mayor expansión.

Lejos de tratarse únicamente de una discusión sectorial, el encuentro evidenció cómo el avance de los agronegocios está ligado a problemáticas estructurales. Las comunidades señalaron afectaciones en el acceso al agua, contaminación de ríos y suelos, concentración de la tierra y debilitamiento de las economías campesinas e indígenas. A esto se suma la precarización laboral y la reducción de oportunidades para las personas jóvenes en zonas rurales.

Uno de los elementos más recurrentes fue la transformación del tejido productivo. Muchas familias han dejado de producir alimentos para autoconsumo o mercados locales, incorporándose como mano de obra en plantaciones de monocultivo. Este proceso no solo impacta la soberanía alimentaria, sino que también implica la pérdida de conocimientos tradicionales y una mayor dependencia de insumos químicos.

Las cifras reflejan la magnitud del fenómeno. Desde mediados de la década del 2000, el cultivo de piña ha crecido de manera acelerada, con un aumento exponencial en el área sembrada. Este crecimiento ha estado acompañado por una fuerte concentración del sector en manos de grandes corporaciones como Dole, Chiquita y Del Monte, lo que profundiza las desigualdades en el acceso a la tierra, el agua y los beneficios económicos.

Desde las comunidades también se cuestionó el discurso que presenta a los monocultivos como una fuente de desarrollo. Según las experiencias compartidas, estas actividades tienden a instalarse en territorios con altos niveles de vulnerabilidad social, donde la falta de empleo facilita su aceptación, pero sin resolver las condiciones estructurales de pobreza y exclusión.

El encuentro permitió, además, identificar puntos comunes entre luchas locales que muchas veces se desarrollan de forma aislada. La articulación de estas experiencias busca fortalecer estrategias colectivas para enfrentar los impactos del modelo agroexportador y promover alternativas basadas en la defensa del territorio, el acceso equitativo a los bienes naturales y la producción sostenible de alimentos.

Más allá de la denuncia, las organizaciones participantes plantearon la necesidad de avanzar hacia agendas comunes que incidan en políticas públicas, así como de fortalecer la organización comunitaria frente a un modelo que, según señalaron, continúa expandiéndose sin una regulación efectiva por parte del Estado.

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