Por Mauricio Álvarez Mora.
El paso del huracán Huracán Otto por la zona norte de Costa Rica dejó una estela de impactos sociales y ambientales que aún hoy resulta difícil dimensionar en su totalidad. Sin embargo, más allá de la intensidad del fenómeno, lo ocurrido obliga a mirar con atención el contexto previo en el que se encontraban los territorios afectados. Lejos de tratarse de un evento aislado, Otto puso en evidencia las profundas vulnerabilidades acumuladas en las cuencas y comunidades de la región.
Ese era precisamente el escenario en amplias zonas del norte del país. La cuenca del río Zapote y otros sistemas hídricos cercanos han sido sometidos a un proceso sostenido de deterioro ambiental, producto de la expansión de actividades agropecuarias intensivas. Humedales que antes funcionaban como esponjas naturales fueron drenados para dar paso a la ganadería, el cultivo de arroz, la caña de azúcar y, más recientemente, el monocultivo de piña. En territorios planos y altamente intervenidos, la combinación de lluvias extremas y pérdida de capacidad de absorción del suelo generó inundaciones más rápidas, extensas y destructivas.
A este panorama se suma la intervención de las cuencas en su parte media mediante una cadena de proyectos hidroeléctricos. En respuesta a esta presión acumulada, el Concejo Municipal de Upala aprobó en 2015 una moratoria de cinco años para nuevos proyectos hidroeléctricos, con el fin de evaluar los impactos sociales y ambientales acumulativos. En los cantones de Upala y Guatuso se contabilizan al menos once proyectos hidroeléctricos, entre los que ya operan y los que se encuentran en trámite, evidenciando una intensa presión sobre los sistemas fluviales.
Las comunidades ya habían alertado sobre estos impactos años antes del huracán. En 2014, se denunciaron afectaciones en zonas de protección de los ríos Zapote y Bijagua asociadas a la construcción de proyectos hidroeléctricos. La existencia de embalses, la alteración de caudales y la fragmentación de los ríos han modificado profundamente la dinámica natural de estas cuencas, debilitando su capacidad de respuesta ante eventos extremos.
Paralelamente, el modelo de desarrollo impulsado en la región ha promovido una transformación radical del uso del suelo. La llamada reconversión agrícola en la zona norte-norte sustituyó la producción de granos básicos y sistemas ganaderos diversificados por monocultivos orientados a la exportación, principalmente piña y naranja. Este cambio no solo ha intensificado el uso de agroquímicos y la presión sobre los recursos naturales, sino que también ha transformado las relaciones sociales y económicas en el campo.
La expansión de estos monocultivos ha estado estrechamente ligada a territorios con altos niveles de pobreza y limitada presencia estatal, lo que facilita su instalación. En este proceso, la tierra se concentra en pocas manos y muchas familias campesinas pasan de ser productoras a convertirse en mano de obra asalariada. Al mismo tiempo, se debilita la soberanía alimentaria, aumentando la dependencia de mercados externos y reduciendo la resiliencia de las comunidades frente a crisis.
El resultado es un territorio más vulnerable en múltiples dimensiones: ecológica, social y económica. La degradación de las cuencas, la pérdida de humedales, la presión sobre los ríos y la homogenización del paisaje productivo configuran un escenario donde los eventos climáticos extremos, como el huracán Otto, encuentran condiciones propicias para causar mayores daños.
Así, lo ocurrido no puede entenderse únicamente como un desastre natural. Es también la manifestación de decisiones acumuladas en torno al uso del territorio, la gestión del agua y el modelo de desarrollo. La experiencia deja una lección clara: la reducción del riesgo ante fenómenos climáticos pasa necesariamente por la restauración de ecosistemas, la planificación territorial y el fortalecimiento de economías locales más sostenibles.
En un contexto de cambio climático, donde eventos extremos serán cada vez más frecuentes e intensos, ignorar estas dimensiones estructurales no solo perpetúa la vulnerabilidad, sino que profundiza las desigualdades. Otto no solo desbordó ríos; también evidenció los límites de un modelo que ha puesto en riesgo la capacidad de los territorios para sostener la vida.

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