Por Mauricio Álvarez Mora.
Han pasado más de dos décadas desde que Costa Rica fue sacudida por una de las tragedias más oscuras de su historia ambiental. La muerte de Oscar Fallas Baldí, María del Mar Cordero Fernández, Jaime Bustamante y, meses después, David Maradiaga, continúa envuelta en dudas, silencios y una persistente impunidad que interpela a la sociedad hasta hoy.
La madrugada del 7 de diciembre de 1994, un incendio consumió la vivienda donde se encontraban Fallas, Cordero y Bustamante, tres figuras clave de la Asociación Ecologista Costarricense (AECO). A pesar de las investigaciones realizadas, nunca se logró esclarecer de forma concluyente el origen del fuego ni las circunstancias exactas de sus muertes. Siete meses más tarde, el 14 de julio de 1995, David Maradiaga -también integrante de la organización- apareció muerto en circunstancias igualmente confusas, tras haber permanecido desaparecido por más de dos semanas.
Estos hechos no pueden entenderse al margen del contexto en el que ocurrieron. A inicios de la década de 1990, la AECO se consolidaba como una organización pionera en el ecologismo social en el país, articulando luchas ambientales con demandas sociales y comunitarias. Su trabajo en la zona sur, particularmente la campaña contra la empresa maderera Stone Forestal, marcó un hito: lograron frenar la construcción de un muelle astillero en el Golfo Dulce, enfrentando intereses económicos de gran escala.
Aquella victoria no solo evidenció la capacidad organizativa del movimiento, sino que también puso en tensión a actores políticos y empresariales. Diversos testimonios y algunas investigaciones independientes realizadas en los años posteriores han sugerido la posible existencia de mano criminal en los hechos de diciembre de 1994, incluso señalando vínculos entre intereses empresariales y redes ilícitas. No obstante, estas líneas de investigación no fueron desarrolladas a profundidad ni confirmadas oficialmente.
La falta de respuestas claras ha dejado un manto de incertidumbre que se ha extendido con el tiempo. Para familiares, amistades y personas cercanas al movimiento ecologista, la ausencia de verdad y justicia no solo representa una deuda institucional, sino también un reflejo de las dificultades históricas para investigar hechos que involucran conflictos de poder.
Sin embargo, más allá de las circunstancias de sus muertes, la vida y el legado de estos cuatro ecologistas han dejado una huella profunda. Su trabajo contribuyó a consolidar una forma de acción política basada en la articulación comunitaria, la educación popular y la defensa integral de los territorios. La AECO, fundada en 1988, fue una de las primeras organizaciones en Costa Rica en plantear que la crisis ambiental estaba estrechamente ligada a las desigualdades sociales y al modelo de desarrollo.
Quienes compartimos con ellos atestiguamos sus cualidades diversas y complementarias: la capacidad de liderazgo y movilización de Oscar Fallas; la claridad organizativa de María del Mar Cordero; la vocación formativa y reflexiva de Jaime Bustamante; y la sensibilidad crítica y creativa de David Maradiaga, quien además fue un destacado poeta. Juntos, contribuyeron a formar nuevas generaciones de activistas que hoy continúan presentes en múltiples luchas socioambientales.
A más de veinte años de estos hechos, el país enfrenta desafíos que, en muchos sentidos, reflejan las preocupaciones que ellos ya advertían: conflictos por el uso de los recursos naturales, expansión de proyectos extractivos y tensiones entre desarrollo económico y protección ambiental. En este contexto, su legado adquiere renovada vigencia.
Recordar a Oscar, María del Mar, Jaime y David no es únicamente un ejercicio de memoria histórica. Es también una forma de reconocer el papel que han tenido los movimientos sociales en la defensa del ambiente y de insistir en la necesidad de verdad y justicia. Mientras persistan las dudas sobre lo ocurrido, su historia seguirá siendo un llamado a no normalizar la impunidad.
Su ausencia marcó una generación, pero su ejemplo continúa presente en cada esfuerzo colectivo por construir una sociedad más justa y en equilibrio con la naturaleza.

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