Por Mauricio Álvarez Mora.
Recordar a Ken Saro Wiwa no es un acto simbólico vacío. Es, más bien, una forma de confrontar una historia que sigue ocurriendo. A diez años de su asesinato, la Red Oilwatch decidió rendir homenaje no solo al poeta y líder nigeriano, sino a todas las personas que, en distintos rincones del mundo, han enfrentado las consecuencias de la industria petrolera defendiendo sus territorios, sus derechos y su futuro.
El 10 de noviembre de 1995, en medio del clamor internacional, la dictadura militar de Nigeria ejecutó a Ken Saro Wiwa junto a otros líderes del Movimiento para la Supervivencia del Pueblo Ogoni. Su “delito” fue denunciar los impactos devastadores de la explotación petrolera en el Delta del Níger y oponerse a las operaciones de la empresa Shell en su territorio. Aquella ejecución no solo silenció una voz crítica, sino que dejó al descubierto una alianza profundamente inquietante entre el poder político autoritario y los intereses corporativos transnacionales.
La reacción global fue de indignación, pero también de advertencia. Lo ocurrido en Nigeria mostró hasta qué punto la defensa del ambiente y de los derechos humanos podía convertirse en una actividad de alto riesgo. La criminalización de la protesta no era un hecho aislado, sino una estrategia que comenzaba a repetirse en distintos contextos donde las comunidades se enfrentaban a proyectos extractivos.
Lejos de ser un episodio del pasado, esa lógica persiste. Las muertes, las amenazas y la violencia asociadas a la expansión petrolera continúan reproduciéndose, muchas veces invisibilizadas. Detrás de los desastres ambientales, de los territorios devastados y de las comunidades desplazadas, se repite un patrón donde el petróleo aparece como constante, acompañado por grandes empresas que operan bajo dinámicas similares en distintas regiones del mundo.
Sin embargo, la historia de Ken Saro Wiwa no termina con su muerte. Como ha ocurrido con otras figuras emblemáticas de las luchas sociales, su legado se transformó en semilla. A la par de aquel trágico episodio, surgían o se fortalecían redes de resistencia que hoy articulan luchas a escala global. Oilwatch, nacida en ese mismo contexto, representa una de esas expresiones: una red del Sur que ha decidido confrontar directamente los impactos de la industria petrolera, denunciando la contaminación, el despojo y las violaciones sistemáticas de derechos.
Diez años después de su asesinato, la memoria de Saro Wiwa se entrelaza con una realidad distinta, pero igualmente desafiante. Hoy existen más movimientos, más articulaciones y más voces que cuestionan el modelo extractivo. Sin embargo, también persisten los discursos que buscan instalar la idea de que no hay alternativa, de que el rumbo actual es inevitable y de que la única opción es adaptarse y sobrevivir individualmente.
Frente a esa narrativa, la memoria cumple un papel político fundamental. Recordar a quienes han dado la vida en estas luchas no es un ejercicio nostálgico, sino una forma de afirmar que la historia no está cerrada. Que, pese a la violencia y la impunidad, existen otras formas de entender el mundo, basadas en la comunidad, la solidaridad y el respeto por la vida.
En esa tradición se inscriben no solo Ken Saro Wiwa y sus compañeros, sino también múltiples referentes de luchas sociales en distintas regiones del planeta. Sus historias dialogan entre sí, construyendo una memoria colectiva que desafía el individualismo y el pesimismo que suelen acompañar al discurso dominante.
El homenaje de Oilwatch, en ese sentido, no se limita a señalar responsables ni a denunciar injusticias. También afirma una continuidad. Cada año que pasa desde aquella ejecución es, al mismo tiempo, un recordatorio de la impunidad, pero también de la persistencia de las resistencias. Es la evidencia de que, aunque intenten silenciarlas, las luchas siguen encontrando nuevas formas de expresarse.
El nombre de Ken Saro Wiwa permanece ligado a su causa, pero también a una pregunta que sigue abierta: ¿cuánto estamos dispuestos a tolerar en nombre del desarrollo? Mientras esa pregunta no tenga una respuesta justa, su memoria seguirá siendo incómoda, necesaria y profundamente vigente.
Poema de Ken Saro Wiwa:
“Vivo, soy un símbolo de la resistencia. Muerto, seré un mártir y por ende aún más peligroso”
Escucho el grito doliente de los Ogoni:
lloran a los pájaros que ya no cantan al alba;
escucho los cantos fúnebres por los árboles
cuyas ramas se marchitan a la luz de las llamas de gas,
cuyas raíces yacen en tumbas estériles.
Los arroyos rebosantes ya no gorgotean,
su cosecha flota sobre aguas envenenadas por derrames de petróleo.
¿Dónde están los antílopes, las ardillas, las sagradas tortugas,
los caracoles, los leones que recorrían esta tierra?
¿Dónde están los cangrejos, los caracoles marinos, los berberechos, las gambas
y todos los que encontraban un santuario en los bancos de barro,
bajo las raíces protectoras de los mangles?
Escucho en mi corazón los aullidos de la muerte
en el aire contaminado de mi amada tierra;
entono un canto fúnebre por mis hijos,
por mis compatriotas, por su progenie.

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