miércoles, 16 de agosto de 2017

Matanza masiva de fauna en la Laguna Madre de Dios enciende alarmas por contaminación agroquímica


Por Mauricio Álvarez Mora.

Una nueva mortandad de peces, crustáceos y reptiles fue denunciada el pasado fin de semana por operadores turísticos y pobladores cercanos a la Laguna Madre de Dios, en la desembocadura del río Pacuare. Según los reportes iniciales, el evento estaría relacionado con contaminación por agroquímicos provenientes de actividades agrícolas río arriba, vinculadas a monocultivos como banano, piña y arroz, una problemática que las comunidades aseguran se repite desde hace décadas.

Las primeras acciones incluyen la recolección de muestras de agua y fauna afectada, que ya fueron enviadas a laboratorios de la Universidad Nacional para su análisis. Mientras tanto, la incertidumbre y la preocupación crecen entre quienes dependen directamente de estos ecosistemas.

No se trata de un hecho aislado. Solo en 2004 se registraron al menos seis denuncias por envenenamiento de peces en la zona. Más recientemente, en abril de este mismo año, pescadores locales reportaron la muerte masiva “de róbalos, guabinas, guapotes y crustáceos que están entre las especies afectadas” (FECON, 9-5-17).

Las comunidades locales sostienen su economía en la pesca artesanal, el turismo y pequeños emprendimientos asociados a los canales y lagunas cercanas al Parque Nacional Tortuguero. Estas lagunas costeras son ecosistemas clave para la biodiversidad, albergando numerosas especies, entre ellas el manatí (Trichechus manatus), declarado símbolo nacional por la Asamblea Legislativa en 2004.

Diversos estudios científicos han advertido sobre la fragilidad de este sistema. El Instituto Regional de Estudios en Sustancias Tóxicas de la Universidad Nacional (IRET-UNA) ha documentado cómo los plaguicidas utilizados en cultivos cercanos son arrastrados por escorrentía hacia los cuerpos de agua que alimentan la laguna, acumulándose y afectando gravemente la vida acuática.

Uno de los episodios más graves ocurrió en enero de 2003, cuando “murieron miles de organismos acuáticos entre los que se encontraban peces juveniles y adultos de hasta 1 metro de largo, que incluían anguilas, sábalos, róbalos, guapotes, mojarras y machacas. También murieron crustáceos entre ellos jaibas, camarones y cangrejos. Entre los vertebrados muertos se observaron lagartos, tortugas y aves. La causa de este desastre ambiental fue muy probablemente el derrame del plaguicida clorotalonil de un tanque que se dio en el aeropuerto de Batán” (IRET, 2004).

En ese caso, el impacto se extendió a lo largo de 15 kilómetros del río. La empresa bananera Standard Fruit Co. llegó posteriormente a una conciliación con el Tribunal Ambiental Administrativo, en la que quedó “absuelta” de responsabilidad a cambio de un pago anual de ocho mil dólares durante cinco años, fondos destinados, en teoría, a la repoblación de peces (lmtonline.com, 18-7-2004). Un estudio de evaluación económica estimó que la recuperación del ecosistema tomaría al menos cinco años para la pesca y cuatro para el turismo.

Sin embargo, los incidentes han continuado. En 2010, un incendio en instalaciones con agroquímicos en Batán provocó nuevamente la muerte de cientos de peces. Según el Tribunal Ambiental, la contaminación llegó al canal “a través del sistema de tratamiento de la planta que estaba conectado al canal mediante una tubería posiblemente camuflada y que fue clausurada de inmediato por funcionarios del Ministerio de Salud de la zona” (nacion.com, 4-6-2010).

Investigaciones más recientes también confirman la persistencia del problema. El estudio “Especies de algas del microfitobentos en la Laguna Madre de Dios”, realizado por la Universidad Nacional, detectó en 2016 una amplia gama de plaguicidas en el ecosistema, entre ellos epoxiconazol, tiabendazol, ametrina, hexazinona, azoxistrobina, diuron, diazinón y difeconazol. Llama especialmente la atención la presencia de fluopiram, una molécula relativamente nueva presente en el agroquímico Verango de Bayer, promovido como menos dañino, pero que ya aparece contaminando estos cuerpos de agua.

La reiteración de estos eventos plantea serias dudas sobre la efectividad de los controles ambientales y la regulación del uso de agroquímicos en zonas cercanas a ecosistemas sensibles. Para las comunidades afectadas, cada mortandad no solo representa una pérdida ambiental irreparable, sino también un golpe directo a sus medios de vida y a la sostenibilidad de la región.

Mientras avanzan los análisis de laboratorio, la exigencia es clara: respuestas, responsabilidades y medidas urgentes que eviten que la historia vuelva a repetirse.

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