Por Mauricio Álvarez Mora.
Hay momentos en que el arte deja de ser solo expresión y se convierte en advertencia. Eso es lo que ocurre en el auditorio de la Universidad de Costa Rica, lleno a su máxima capacidad, durante la presentación del videoclip Tractorcito de Frontera del cantautor alajuelense Wilson Arroyo. No es únicamente un evento cultural. Es, más bien, un acto colectivo de denuncia, una forma de decir en voz alta lo que durante años muchas comunidades vienen señalando casi en soledad.
El señalamiento es claro, y también incómodo. Detrás de una actividad económica que genera exportaciones y empleo, se acumulan denuncias por violaciones a derechos laborales, afectaciones a comunidades y daños ambientales que no pueden seguir minimizándose. No se trata de casos aislados. Se habla de expansión descontrolada, de contaminación de fuentes de agua por el uso intensivo de agroquímicos, de plantaciones que incluso invaden áreas que deberían estar protegidas.
Aquí es donde el arte cumple un papel que a veces la política evita. La canción, el video, el escenario, logran conectar datos con emociones. Le ponen rostro y voz a una problemática que, de otra manera, queda atrapada en informes técnicos o en discusiones lejanas. Humanizan el conflicto. Nos obligan a mirar.
El manifiesto no se queda en la denuncia. También plantea una ruta. Pide algo que, en teoría, debería ser básico en una democracia: diálogo. Un diálogo amplio, que incluya al sector productivo, sí, pero también a las personas trabajadoras, a las universidades públicas, a organizaciones sociales y ambientales. Un espacio donde no se impongan intereses, sino que se construyan soluciones.
Porque hay algo que el texto deja claro, y que cuesta admitir en medio de la lógica económica dominante: no todo se puede justificar en nombre de la producción. Ninguna actividad, por rentable que sea, puede sostenerse si implica el deterioro irreversible del agua o la vulneración de derechos humanos. Hay límites que no deberían negociarse.
También hay una urgencia que atraviesa todo el mensaje. No se trata de pensar soluciones a largo plazo mientras se acumulan daños en el presente. Se habla de medidas inmediatas, de acciones concretas desde el Poder Ejecutivo, de no seguir ignorando lo que ya es evidente.
Quizás lo más valioso de este momento no es solo el contenido del manifiesto, sino el gesto colectivo. Artistas de distintas disciplinas, trayectorias y generaciones unen sus voces para señalar un problema estructural. En tiempos donde muchas discusiones se fragmentan, ese tipo de coincidencias no es menor.
Al final, la pregunta que queda flotando es sencilla, pero difícil de responder: ¿estamos dispuestos, como sociedad, a escuchar cuando el arte deja de entretener y empieza a incomodar?
Porque cuando eso ocurre, como en este caso, lo que está en juego no es una canción ni un videoclip. Es la posibilidad de corregir el rumbo antes de que los daños sean irreversibles.




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