viernes, 16 de enero de 2026

Soniferous: un sueño sobre el tiempo y el sonido


Cuando los Soniferous me contactaron, estábamos en los últimos días del año, a punto de recibir otro. Habíamos subido a una finca en las montañas de Heredia, en las faldas del cerro Zurquí, en un punto preciso del mundo: diez coma cero cuatro uno siete dos grados de latitud norte y ochenta y cuatro coma cero tres nueve nueve nueve cero grados de longitud oeste.

Un lugar donde el mapa parece detenerse y el bosque comienza a hablar en sonidos de tiempos futuros y pasados.

Es época de lluvias y chubascos, más intensos que en el resto del año. El viento persistente, casi terco, empujaba la neblina y la llovizna contra los grandes ventanales y el techo de la cabaña. La noche tenía esa densidad húmeda y fría que lo impregna todo. Encendimos la chimenea y nos fuimos a dormir.

Pero, además de la lluvia y el viento, ya en medio de la noche sentimos algo más: una presencia que rodeaba la casa, que no entraba, pero tampoco se iba. No se dejaba ver; se dejaba sentir. Parecía hablar el idioma del viento y la lluvia, como si discutieran entre sí cuál golpeaba primero la casa.

Estábamos mi compañera y yo. Aquella primera noche fue inquietante. Ambos tuvimos pesadillas. Yo desperté en plena madrugada con una sensación clara, casi física: algo estaba afuera. Fue como si lo que soñaba se hubiera enlazado con lo que ocurría fuera de la casa. Me incorporé de golpe y salí de la cama sin saber qué buscaba ni qué esperaba encontrar, movido apenas por ese reflejo que salta del sueño al cuerpo.

Antes de llegar a la puerta, sonó la alarma de la cocina, justo cuando estaba a punto de salir. La apagué como si se tratara de un gesto cotidiano, aunque no lo era, y regresé a la cama. Lo extraño fue que nunca volvió a sonar. Fue eso lo que me detuvo. El sueño ya no regresó del todo esa noche; solo quedaron sensaciones densas, un peso sin imágenes claras, algo suspendido entre el adentro y el afuera.

No hablamos de ello hasta la mañana siguiente, cuando coincidimos: algo había estado ahí. Compartimos las pesadillas, el desajuste del cuerpo en un lugar nuevo, esa curva que el oído y la mente deben recorrer para acostumbrarse a otra banda sonora. Esa fue la explicación racional. Dijimos que el bosque y ese merengue constante entre viento y lluvia tienen su propio lenguaje, y que uno tarda en aprender su ritmo, incluso en llevarlo al sueño.

Yo sabía, aunque no lo dije, que en ese lugar circulaban historias de “presencias”, relatos susurrados por quienes habían vivido o trabajado en la finca. Algunos hablaban de fantasmas; otros, de un espíritu del monte, antiguo y elemental. Yo carezco de fe, interés o experiencia en ese tipo de artes y hechicerías.

Dormíamos en un segundo piso, con ventanas enormes que dejaban entrar la luna y las estrellas. A ciertas horas parecía posible ver el reflejo del mar Caribe evaporándose durante la tarde y regresando de madrugada en forma de agua y viento. No había internet ni buena señal; solo chimenea, ventanales y silencio. El Braulio Carrillo y sus sistemas montañosos vecinos tienen esa cualidad: estar siempre cubiertos por velos de agua y nubes en movimiento.

Las noches siguientes transcurrieron con aparente normalidad. Dormíamos profundamente, agotados de caminar, leer y comer durante el día, hasta la madrugada previa a la luna llena. Entonces la claridad era tanta que el sueño se volvía liviano, casi transparente. No había diferencia entre afuera y adentro: todo estaba igualmente iluminado. El cuerpo proyectaba sombra como si fuera de día. No eran ni las cuatro de la mañana.

Yo estaba suspendido entre dormir y despertar cuando aparecieron.

Al principio no supe quiénes, o qué, eran. Solo al final conocí su nombre: los Soniferous. No sentí miedo ni sorpresa. Las imágenes surgían con un orden casi didáctico: primero las formas generales, luego los detalles.

No hablaban. No con palabras. Transmitían imágenes, sonidos y sensaciones. Mi voz interior ordenaba lo que recibía, como si tradujera algo que no estaba hecho para ser dicho. No recuerdo frases. Recuerdo comprensiones que se iban revelando solas, como si siempre hubieran estado ahí.

Lo primero que vi fue una estructura inmensa, aparentemente infinita. Pensé en el arca de Noé o en algo similar: larga, angosta, de forma rectangular, con bordes redondeados. No se distinguía su final. Parecía suspendida en el espacio, o en la noche, contra un fondo negro, galáctico. Luego comprendí que era más bien un mausoleo: una nave monumental de almas y sonidos, una especie de útero donde la vida continuaba sin término.

Solo pude verla desde afuera. Su superficie estaba cubierta por símbolos, como jeroglíficos diminutos, imposibles de leer desde esa escala. La magnitud nublaba la mirada.

Después aparecieron las cápsulas. Surgían como un detalle en uno de los extremos de la nave, dejando claro que eran miles y que estaban en su interior. Contenían huesos dispuestos en urnas con forma de huevo. Los cráneos parecían humanos, pero más alargados; los huesos, finos y delicados. Entendí, sin saber cómo, que allí descansaban seres que podían ser nuestros hermanos: del pasado, del futuro, o de un tiempo que no avanza en línea recta, sino de manera elíptica y sonora. Quizá de una dimensión donde el tiempo se oye.

Las cápsulas estaban interconectadas. El sonido circulaba por todas, sin que se percibiera un final. En el inicio de la nave había algo parecido a una embocadura, como la de una flauta gigantesca, donde alguien, o algo, soplaba. El sonido recorría toda la estructura y alcanzaba cada cápsula en un movimiento de ida y vuelta. Los seres, o sus restos, escuchaban. Y respondían.

Esa era la energía que impulsaba el arca por el cosmos o la noche.

No eran respuestas claras. Eran sonidos cargados de sentido. Importaba más la entonación que el contenido; más el acto que el resultado; más la conexión que la comprensión. Las respuestas eran metáforas sonoras, condensaciones de una sabiduría acumulada durante miles de generaciones: breves, precisas, y a la vez capaces de generar movimiento. Habían prescindido del habla. El silencio parecía indispensable. El saber no se explicaba: se resonaba.

El sueño fue breve. Ya amanecía. Sentí que emergía lentamente, como desde el fondo del agua o del espacio. Justo antes de abrir los ojos, llegó el último mensaje, casi consciente: su nombre.

Soniferous.

No “somníferos”. No “sonantes”. Algo distinto. Algo vivo. Algo lleno de ecos profundos.

Al despertar, se lo conté todo a mi compañera. Ella buscó el significado. Estaba en inglés. El traductor decía: “Soniferous (adjetivo): que produce, transporta o transmite sonido. Del latín sonus (sonido) y -ferous (que lleva o produce). Término usado para animales marinos, para la acústica, para aquello que vibra y comunica sin palabras.”

Nos miramos, entre la sorpresa y el silencio.

Pensé entonces que quizá no eran de otro mundo, sino de otro tiempo. De otro estado de conciencia. O de una dimensión onírica. Tal vez eran lo que seremos cuando trascendamos hacia una forma más etérea. Quizá esas respuestas-sonido eran una manera de entregarnos la memoria, el afecto y la sabiduría de quienes estuvieron antes, o de quienes estarán después.

Y pensé también, ya completamente despierto, que aquella presencia de la primera noche no había sido una amenaza. Tal vez fue un Soniferous preparando el umbral, afinando mi oído, abriendo un portal para regalarme este sueño.


Quizá no llegaron esa madrugada.
Ni la noche anterior.

Quizá siempre han estado ahí,
esperando a que aprendamos a escuchar
el silencio, la noche y el tiempo.

Diciembre del 2025.

viernes, 19 de diciembre de 2025

Balance socioambiental 2025


Retrocesos, resistencias y nuevas articulaciones desde los territorios

Por Mauricio Álvarez Mora, docente UNA y coordinador del Proyecto Geografía y Diálogos de Saberes de la Escuela de Geografía y el Programa Kioscos Socioambientales de la UCR.

El balance ambiental del año 2025 puede leerse desde tres dimensiones: los retrocesos y amenazas, los avances logrados pese a un contexto adverso, y los hechos más significativos que marcaron la agenda socioambiental. Este análisis parte del acompañamiento sostenido a comunidades, organizaciones sociales y territorios que hemos realizado en la acción social de la Universidad de Costa Rica desde el Proyecto Geografía y Diálogos de Saberes: Análisis de la conflictividad socioambiental en territorios comunitarios de Costa Rica.

jueves, 27 de noviembre de 2025

COP30: otro impulso a la distopía climática



Por Mauricio Álvarez Mora. Docente UCR–UNA y ecologista

Finaliza, raptada por la industria petrolera, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP30), celebrada en el corazón de la Amazonía, en Belém, Brasil. Esta nueva cita será recordada tanto por el ingreso, en pleno espacio de conferencias, de las protestas de los pueblos indígenas como por la profunda incoherencia del país anfitrión, que simultáneamente abría la frontera petrolera en la Amazonía brasileña. Esta será la foto que perdure, pues simboliza lo que finalmente quedó plasmado en los acuerdos o desacuerdos, según se mire.

lunes, 24 de noviembre de 2025

La poesía del silencio y la rebeldía

Comentario de la película “Una noche sin saber nada”, dirigida por Payal Kapadia

Como parte del ciclo de cine “Yo protesto”: luchas estudiantiles y movimientos sociales, realizado por el Quince UCR, se me invitó a comentar la película Una noche sin saber nada (India, 2021) a la luz de nuestra realidad.

Esta pieza visual es profundamente poética, con una narrativa cálida y singular. Combina ficción con un material de archivo muy bien curado, imágenes en blanco y negro e incluso grabaciones de cámaras de seguridad que evidencian la dura represión contra la lucha estudiantil en la India. Esta mezcla hace que la poesía emerja en los silencios, las pausas y los tiempos muertos, otorgándole mayor fuerza a la denuncia política y brindando al espectador un espacio para asimilar y hasta alucinar con el contenido.

miércoles, 5 de noviembre de 2025

Derechos Humanos y Justicia Ambiental*


Por Mauricio Álvarez Mora.

Las comunidades enfrentan tanto barreras internas como externas que limitan su derecho a participar, incidir y decidir sobre el uso sostenible del territorio y sus bienes naturales.

Internamente, muchas comunidades se encuentran profundamente fragmentadas. Existe una falta de relevo y de diálogo intergeneracional: en diversos territorios rurales ya casi no hay jóvenes, pues migran ante la ausencia de oportunidades educativas y laborales. En lugares como Cahuita, Guacimal o los territorios indígenas, esta situación es especialmente crítica. Cada joven indígena que logra salir a estudiar, si no regresa como docente, difícilmente vuelve, porque hay muy poca empleabilidad para profesionales. Esto deja comunidades vaciadas, con altos niveles de desesperanza e incluso con casos de suicidio juvenil, como ocurre en Talamanca.

viernes, 10 de octubre de 2025

Silvia Rodríguez-Cervantes: guardiana de la vida (1941–2025)


Por Mauricio Álvarez Mora, docente UCR, UNA y ecologista

La vida se abrió paso y germinó en un huerto de semillas que Silvia colectó, germinó y resguardó con esmero. Cuidó esas semillas de conocimiento para que personas que nunca la conocieron pudieran cosecharlas, mejorarlas, traficarlas o compartirlas con otras que tampoco conocerán. En ello está la bondad de la vida y la razón para defenderla: en esa cadena interminable de ciclos que nos conecta con personas y experiencias invisibles pero vitales; en la certeza de que no todo está escrito o determinado, y de que la incertidumbre -cuando se trabaja por la naturaleza y el bien común- se llena de caminos y tramas posibles.

miércoles, 17 de septiembre de 2025

Agenda socioambiental del Caribe Norte


Por Mauricio Álvarez Mora. 

Esta región que durante décadas ha vivido los impactos de los monocultivos de banano y piña. En cantones como Guácimo, Pococí y Siquirres, las comunidades han enfrentado la contaminación de los ríos y acuíferos, el deterioro de los suelos y la exposición permanente a agroquímicos que afectan tanto al ambiente como a la salud de las trabajadoras y de las comunidades. Han sido años de impactos acumulativos, pero también de organización y de luchas por defender el agua y la vida.

martes, 9 de septiembre de 2025

Pueblo Brörán en defensa de la tierra



Por Mauricio Álvarez Mora.

El pasado 10 de agosto de 2025, dos personas no indígenas invadieron una finca de aproximadamente 10 hectáreas, ubicada en San Andrés de Térraba y perteneciente al defensor indígena Brörán Pablo Sibar Sibar. Esta finca, destinada desde hace más de 13 años a la conservación ambiental y la gestión comunitaria del agua, fue usurpada bajo el argumento de contar con el respaldo de la Asociación de Desarrollo Integral Indígena de Térraba (ADI de Térraba).

Aunque Sibar posee legítimamente la tierra desde hace más de una década, la Fuerza Pública se negó a desalojar a los invasores, amparándose en una certificación emitida el 7 de agosto por la ADI de Térraba a favor de personas que no forman parte del pueblo Brörán. Dicho documento ha sido denunciado como fraudulento.

viernes, 5 de septiembre de 2025

El río San Juan como herida de oro y sangre




Por M.Sc. Mauricio Álvarez Mora, Docente de las Escuelas de Geografía y Ciencias Políticas de la UCR e IDELA-UNA

Existe un tema urgente, estructural y de profunda gravedad geopolítica que ha sido sistemáticamente invisibilizado: la expansión y convergencia acelerada del saqueo y el despojo en la cuenca del río San Juan y la Reserva Biológica Indio Maíz. Lo que está en juego no es únicamente la conservación de uno de los ecosistemas más valiosos de Centroamérica, ni la defensa de los territorios ancestrales de los pueblos originarios. Está en juego también la estabilidad regional, hoy amenazada por la consolidación de una lógica transfronteriza de extractivismo -legal e ilegal-, crimen organizado y un ecocidio etno-ambiental en marcha.

viernes, 22 de agosto de 2025

Un bosque llamado Juan Figuerola(1961-2025)


Por Mauricio Álvarez Mora, ecologista

Anoche, en la inmensidad de la galaxia, nació un bosque: Juan Figuerola Landi. Un ecologista hecho de raíces, pedales, risas y alas, defensor incansable de los bosques y de toda forma de vida.

Con su bicicleta, atravesó las calles de San Pedro, llevando en su bolso puñados de papeles, mapas, oficios de esperanzas y sueños compartidos. A pie o pedaleando, siempre estuvo junto a las comunidades que defendían los bosques, los humedales, la zona marítimo-terrestre, la cultura indígena, campesina y pescadora, las islas y cada rincón sagrado que merece ser protegido. En lugares humildes y desconocidos hay árboles, ríos y trillos. Todos ellos llevaban la huella de su presencia silenciosa y firme.

lunes, 4 de agosto de 2025

Las vidas y muertes de David Maradiaga Cruz


Si no porque tenemos en las venas
eternidad de constelaciones y seres divinos
¿por qué crees que la muerte,
muy a su disgusto, ha comenzado a morir
y nosotros a soñar?

—Fragmento de poema “Cumpledías”, en Música de animal lluvioso y otros poemas (1998).

Por Mauricio Álvarez Mora.

Dicen que todas las personas morimos y vivimos varias veces en una misma vida. Por voluntad propia, por las circunstancias, o por la fuerza de la historia. La muerte, entonces, parece ser más un tránsito que un final: otro nuevo principio. Seguimos latentes tantas veces como nos recuerdan, como nos sueñan, como nos renombran —vivos o muertos.

Soniferous: un sueño sobre el tiempo y el sonido

Cuando los Soniferous me contactaron, estábamos en los últimos días del año, a punto de recibir otro. Habíamos subido a una finca en las mon...