Cuando los Soniferous me contactaron, estábamos en los últimos días del año, a punto de recibir otro. Habíamos subido a una finca en las montañas de Heredia, en las faldas del cerro Zurquí, en un punto preciso del mundo: diez coma cero cuatro uno siete dos grados de latitud norte y ochenta y cuatro coma cero tres nueve nueve nueve cero grados de longitud oeste.
Un lugar donde el mapa parece detenerse y el bosque comienza a hablar en sonidos de tiempos futuros y pasados.
Es época de lluvias y chubascos, más intensos que en el resto del año. El viento persistente, casi terco, empujaba la neblina y la llovizna contra los grandes ventanales y el techo de la cabaña. La noche tenía esa densidad húmeda y fría que lo impregna todo. Encendimos la chimenea y nos fuimos a dormir.
Pero, además de la lluvia y el viento, ya en medio de la noche sentimos algo más: una presencia que rodeaba la casa, que no entraba, pero tampoco se iba. No se dejaba ver; se dejaba sentir. Parecía hablar el idioma del viento y la lluvia, como si discutieran entre sí cuál golpeaba primero la casa.
Estábamos mi compañera y yo. Aquella primera noche fue inquietante. Ambos tuvimos pesadillas. Yo desperté en plena madrugada con una sensación clara, casi física: algo estaba afuera. Fue como si lo que soñaba se hubiera enlazado con lo que ocurría fuera de la casa. Me incorporé de golpe y salí de la cama sin saber qué buscaba ni qué esperaba encontrar, movido apenas por ese reflejo que salta del sueño al cuerpo.
Antes de llegar a la puerta, sonó la alarma de la cocina, justo cuando estaba a punto de salir. La apagué como si se tratara de un gesto cotidiano, aunque no lo era, y regresé a la cama. Lo extraño fue que nunca volvió a sonar. Fue eso lo que me detuvo. El sueño ya no regresó del todo esa noche; solo quedaron sensaciones densas, un peso sin imágenes claras, algo suspendido entre el adentro y el afuera.
No hablamos de ello hasta la mañana siguiente, cuando coincidimos: algo había estado ahí. Compartimos las pesadillas, el desajuste del cuerpo en un lugar nuevo, esa curva que el oído y la mente deben recorrer para acostumbrarse a otra banda sonora. Esa fue la explicación racional. Dijimos que el bosque y ese merengue constante entre viento y lluvia tienen su propio lenguaje, y que uno tarda en aprender su ritmo, incluso en llevarlo al sueño.
Yo sabía, aunque no lo dije, que en ese lugar circulaban historias de “presencias”, relatos susurrados por quienes habían vivido o trabajado en la finca. Algunos hablaban de fantasmas; otros, de un espíritu del monte, antiguo y elemental. Yo carezco de fe, interés o experiencia en ese tipo de artes y hechicerías.
Dormíamos en un segundo piso, con ventanas enormes que dejaban entrar la luna y las estrellas. A ciertas horas parecía posible ver el reflejo del mar Caribe evaporándose durante la tarde y regresando de madrugada en forma de agua y viento. No había internet ni buena señal; solo chimenea, ventanales y silencio. El Braulio Carrillo y sus sistemas montañosos vecinos tienen esa cualidad: estar siempre cubiertos por velos de agua y nubes en movimiento.
Las noches siguientes transcurrieron con aparente normalidad. Dormíamos profundamente, agotados de caminar, leer y comer durante el día, hasta la madrugada previa a la luna llena. Entonces la claridad era tanta que el sueño se volvía liviano, casi transparente. No había diferencia entre afuera y adentro: todo estaba igualmente iluminado. El cuerpo proyectaba sombra como si fuera de día. No eran ni las cuatro de la mañana.
Yo estaba suspendido entre dormir y despertar cuando aparecieron.
Al principio no supe quiénes, o qué, eran. Solo al final conocí su nombre: los Soniferous. No sentí miedo ni sorpresa. Las imágenes surgían con un orden casi didáctico: primero las formas generales, luego los detalles.
No hablaban. No con palabras. Transmitían imágenes, sonidos y sensaciones. Mi voz interior ordenaba lo que recibía, como si tradujera algo que no estaba hecho para ser dicho. No recuerdo frases. Recuerdo comprensiones que se iban revelando solas, como si siempre hubieran estado ahí.
Lo primero que vi fue una estructura inmensa, aparentemente infinita. Pensé en el arca de Noé o en algo similar: larga, angosta, de forma rectangular, con bordes redondeados. No se distinguía su final. Parecía suspendida en el espacio, o en la noche, contra un fondo negro, galáctico. Luego comprendí que era más bien un mausoleo: una nave monumental de almas y sonidos, una especie de útero donde la vida continuaba sin término.
Solo pude verla desde afuera. Su superficie estaba cubierta por símbolos, como jeroglíficos diminutos, imposibles de leer desde esa escala. La magnitud nublaba la mirada.
Después aparecieron las cápsulas. Surgían como un detalle en uno de los extremos de la nave, dejando claro que eran miles y que estaban en su interior. Contenían huesos dispuestos en urnas con forma de huevo. Los cráneos parecían humanos, pero más alargados; los huesos, finos y delicados. Entendí, sin saber cómo, que allí descansaban seres que podían ser nuestros hermanos: del pasado, del futuro, o de un tiempo que no avanza en línea recta, sino de manera elíptica y sonora. Quizá de una dimensión donde el tiempo se oye.
Las cápsulas estaban interconectadas. El sonido circulaba por todas, sin que se percibiera un final. En el inicio de la nave había algo parecido a una embocadura, como la de una flauta gigantesca, donde alguien, o algo, soplaba. El sonido recorría toda la estructura y alcanzaba cada cápsula en un movimiento de ida y vuelta. Los seres, o sus restos, escuchaban. Y respondían.
Esa era la energía que impulsaba el arca por el cosmos o la noche.
No eran respuestas claras. Eran sonidos cargados de sentido. Importaba más la entonación que el contenido; más el acto que el resultado; más la conexión que la comprensión. Las respuestas eran metáforas sonoras, condensaciones de una sabiduría acumulada durante miles de generaciones: breves, precisas, y a la vez capaces de generar movimiento. Habían prescindido del habla. El silencio parecía indispensable. El saber no se explicaba: se resonaba.
El sueño fue breve. Ya amanecía. Sentí que emergía lentamente, como desde el fondo del agua o del espacio. Justo antes de abrir los ojos, llegó el último mensaje, casi consciente: su nombre.
Soniferous.
No “somníferos”. No “sonantes”. Algo distinto. Algo vivo. Algo lleno de ecos profundos.
Al despertar, se lo conté todo a mi compañera. Ella buscó el significado. Estaba en inglés. El traductor decía: “Soniferous (adjetivo): que produce, transporta o transmite sonido. Del latín sonus (sonido) y -ferous (que lleva o produce). Término usado para animales marinos, para la acústica, para aquello que vibra y comunica sin palabras.”
Nos miramos, entre la sorpresa y el silencio.
Pensé entonces que quizá no eran de otro mundo, sino de otro tiempo. De otro estado de conciencia. O de una dimensión onírica. Tal vez eran lo que seremos cuando trascendamos hacia una forma más etérea. Quizá esas respuestas-sonido eran una manera de entregarnos la memoria, el afecto y la sabiduría de quienes estuvieron antes, o de quienes estarán después.
Y pensé también, ya completamente despierto, que aquella presencia de la primera noche no había sido una amenaza. Tal vez fue un Soniferous preparando el umbral, afinando mi oído, abriendo un portal para regalarme este sueño.
Quizá no llegaron esa madrugada.
Ni la noche anterior.
Quizá siempre han estado ahí,
esperando a que aprendamos a escuchar
el silencio, la noche y el tiempo.
Diciembre del 2025.