Por Mauricio Álvarez Mora*
El Yasuní se ha convertido en uno de los símbolos más potentes de la disputa global entre la vida y el extractivismo. Sin embargo, más allá de su reconocimiento internacional como una de las zonas de mayor biodiversidad del planeta, lo que ocurre en su interior revela una realidad incómoda que muchas veces queda fuera del discurso oficial. La misión de verificación realizada en octubre de 2009 no solo buscó responder preguntas sobre la viabilidad de la iniciativa de dejar el crudo del ITT bajo tierra, sino que terminó evidenciando algo más profundo: la persistencia de un modelo petrolero que sigue operando con opacidad, fragmentando comunidades y deteriorando territorios.
